domingo, 22 de noviembre de 2009
Alfombra de jacarandá
Los sin techo están sentados en los bancos con sus botellas, acomodando sus bártulos. Me pregunto, como lo hago siempre, cómo se acomodarán en las noches de lluvia. Las señoritas de la iglesia del séptimo día con sus vestidos monjilaicos y los señores también del séptimo día con sus sacos de publerino endomingado circulan al ataque agarrados a sus revistas y a la palabra de dios. Todos los mismos domingos siento las mismas ganas de pedirles que larguen a dios y se sienten a comer un asadito, a franelear con el señorito de saco encasquetado y que en vez de bajar el evangelio se suban un poco la pollerita y se pongan a bailar. Claro que siempre también pienso que la iglesia es el lugar donde hacen sociales y consiguen novio.
Terminó la vuelta por el parque y le digo a Héctor qué bella es la alfombra lila. Nunca la había visto. Héctor dice que todos los años es igual. Yo siempre he visto a los sin techo y a los predicadores de traje oscuro, pero nunca me había dado cuenta de que había una alfombra tan bella alrededor de los jacarandás. Será que es más linda por la lluvia o a lo mejor recién ahora a mis sesenta dos estoy aprendiendo a ver los colores claros de la vida.
Qué cosa, ¿no?
viernes, 2 de octubre de 2009
¡¡¡Aguanten los piratas somalíes!!!!
El mundo, creo que ya no es secreto, lo vemos según nos lo muestran los que se dedican a montar escenarios ideológicos. Es posible que los contramontajes también respondan a intereses de grupos con intenciones propias. El caso de los piratas tiene sus dobleces interesantes y,confieso, Sandokan fue mi primer amor y aún hoy conservo mi cariño por el fiel Yáñez.
Hagan click y verán:
http://www.youtube.com/watch?v=PXUBpmgAnjA
Saludos de
Mariana de Labuan
sábado, 18 de julio de 2009
SELVA por los herederos de Kunst
La trágica época de la extracción del caucho en la selva amazónica - trágica para unos y descaradamente productiva para otros - llena muchos huecos de nuestra historia latinoamericana. Son muchas las puntas del hilo por donde encararla. Yo empecé por cualquiera. La cuestión fue empezar y lo hice impulsada por Pablo y por Percy Harrison Fawcett.
I. PERCY HARRISON FAWCETT
En realidad, a penas llegó ¿un café? empecé por ofrecerle porque todavía hacía un poco de frío y estábamos en Buenos Aires donde casi no conocemos otra manera de iniciar el rito de la bienvenida. Claro dijo, pero no bien me hubo mostrado las primeras reliquias amarillentas ya su pocillo había quedado vacío, más bien exangüe, sobre explotado diría, al borde de la amplia mesa cuadrada, con aspecto de miserable ansia de lo que querría dar y no daba a un hombre que acababa de bajar de los Andes, que se alimentaría a guisos frondosos de rocoto, sopas espesas de cilantro y cervezas de aguas enervadas tras largo y brioso borbotear cordillera abajo más allá del altiplano, que arrumaría la amistad en tales borracheras, que mordería la vida singani tras singani en la casa grande, en la casa chica, en la oficina turbulenta y en las excursiones a las planicies bajas desconocidas por el hombre común y por los restos de ese cafecito de mierda avergonzados y únicos, que se pegoteaban, porteños y amarretes, en el fondo del pocillo. Tengo un pisquito peruano marashka recién traída de Croacia aguardiente casero de Montenegro o vodka de, pisco está bien sin limón sin azúcar sin maní, lo necesario para perder la mesura de bibliotecario con que, hasta ese momento, había ido desplegando mapas llenos de anotaciones fotos y libros de papel quebradizo.
Cartas amarillas escritas a pluma, facturas borrosas de abarrotes que Carlos Franck u otros caucheros mercaban en Puno, libros esotéricos que se apropiaban del costado más inverosímil y misterioso de la aventura de Fawcett en la selva amazónica y discos compactos que, sin permisos ni ceremonias, fue copiando en el escritorio de mi computadora.
Íbamos a ser compinches, pero Mujeres no, dijo también cuando pasó a contarme el proyecto Madidi. Hasta esa tarde en la alfombra de San Telmo, habíamos transitado el mismo tiempo y los mismos espacios. Como en un guión de Osterheld, habíamos mirado las mismas mariposas, patinado los mismos barros que orillan el río Tambopata, hurgueteado los fracasos de tanto godo ambicioso y conquistador en la búsqueda de algún tesoro que no fuera líquido oculto en la espesura, habíamos intuido a las tribus misteriosas cuya estela él perseguía aguas arriba y bosque adentro y habíamos retratado a esa gente de moral inimputable que habita las márgenes de todas las selvas, pero viajando en dimensiones diferentes, en campos paralelos fraguados con otras historias y otras preguntas. De pronto un encuentro más o menos casual en Internet, un chispazo en el que implotó la geografía amazónica, concentró el poder gravitatorio que conjugó ambas trochas para que ahora empezara nuestra aventura conjunta y recién inventada tras los pasos de Fawcett.
III. FRONTERAS
Tan bien le fueron las cosas que por 1905 se estableció por su cuenta en Madre de Dios, un distrito del sudeste del Perú que, aunque bautizado con el nombre de la Madre, yacía olvidado de la mano de dios así como, todavía en ese entonces, suponía don Máximo, de los señores del caucho. Allí estableció su fundo, que llamó Iberia, dedicándose ipso facto a las tareas preliminares que el negocio exigía como espantar primigenios pobladores indígenas que le disputaran el usufructo de su porción de selva.
Correrías se llamaban castamente esas sacudidas que estremecían el bosque, a la caza de hombres nativos que morían a bala, o desaparecían con sus clanes devastados por las epidemias o eran atrapados para trabajar o ser vendidos. Si lograban escurrir el bulto a la masacre o a la esclavitud, escapaban hacia el interior, alejándose de las riberas o remontando playas hacia las cabeceras de los ríos. En el silencio de su retirada dejaron su lugar al aura de valentía, desconocimiento del miedo, decisión avasalladora y espíritu empresario con que la hermana casquivana de la historia , cortesana veleidosa, prostituida por los cantos de gloria de los vencedores, enalteció a los hombres blancos que infringieron la selva para explotarla y hacerse ricos, a los prohombres hoy venerados por las tradiciones de sus familias, por sociedades sin memoria, por leyendas escolares, por la literatura vana de las agencias turísticas que se recuestan, alienadas, sobre un suelo incómodo, lleno de pecados nuevos y viejos: ambición, soberbia, abuso, explotación descarnada de los hombres engañados en su desconocimiento o su inocencia, tortura, desdén y muerte.
Solo que cuando Máximo Rodríguez llegó a Madre de Dios, ya el cauchero boliviano Nicolás Suárez se le había adelantado.
La selva, hasta la fiebre del caucho, no tenía reconocimiento cartográfico en el imaginario de los que no la frecuentaban. En el circuito cotidiano de los políticos capitalinos no estaba el territorio verde húmedo y líquido, no figuraban los grupos humanos originarios que lo recorrían, cuidaban y cultivaban desde tiempos remotos transmitiendo su lengua, su cultura, sus conocimientos y sus genes a los nietos y bisnietos de los hijos de sus hijos. La selva no tenía geografía ni historia. No existía. Era una Shangri-La apenas posible donde no solo las tribus indígenas se movían sin conciencia de las fronteras nacionales modernas heredadas de los europeos sino también los bolivianos, brasileños y peruanos que se aventuraron a sacarle partido. Nicolás Suárez, el menor de los Suárez Callaú, había crecido en el ambiente guaraní de Santa Cruz de la Sierra. Junto a sus hermanos se había ganado la vida comerciando cascarilla y pieles en la cuenca del río Beni. La cascarilla, o corteza de chinchona, contiene la quinina, el remedio indispensable para curar el paludismo y entre 1850 y 1860 tuvo su periodo de auge económico. Nicolás era fuerte y emprendedor, tenía espíritu de aventura y sus ojos fieros se arrebolaban en el verde de la espesura siempre intrigados, buceando en el aire presentido, buscando sorprenderse tras el velo súbito de la selva con lo inesperado que encontraría al superar el recodo del río, con el nicho de plantas nuevas que enriquecería su negocio. Sin el miedo a lo no visto que arredra a los que estrenan la jungla o despreciándolo o gozando el ahogo hondo de la adrenalina, arremetía aguas adentro sopesando cada reflejo, sintiendo que vencía lo desconocido abriendo cauce a esa lujuria de poder que le crecía y lo sostenía y que alimentó su cuerpo y su alma y el imperio que con él habría de construir. Su estampa barbuda remaba en solitario; no necesitaba compañía para largarse a explorar riachos, ni ayuda para saltar del bote al barro movedizo de la ribera, ni para trepar los barrancos resbalosos ni para enfrentar a los caimanes nocturnos o a los hombres desnudos que atisbaban en la espesura.
No le temía a la espesura. Él sería su dueño, señor de los pantanos, de cada árbol del bosque y de su savia, de las huanganas y los guacamayos, de los mismos hombres que bufaban y escupían y de sus propias almas. Y chuceaba el verde ignoto río Beni abajo tratando de descubrir los peligros que encerraba, decadivinar pisadas, de intuir rumores líquidos que le hablaran de lo que podría encontrar yendo más allá, adonde nadie que el conociera se había atrevido, todavía.
Mientras no supiera qué meandros dibujaba el río Beni y por dónde se dejaba fluir, la exportación del caucho que había empezado a producir seguía un camino largo, caro y sinuoso.
Una vez armadas las bolachas, que podían pesar setenta, ochenta o cien kilos cada una –según lo cuenta Fifer - las remontaban en pequeñas embarcaciones a fuerza de remo por el Beni, hasta Puerto Salinas. En Puerto Salinas había que descargar todo para montarlo nuevamente en las carretas que llevarían las bolachas a Reyes, donde trasbordarían a nuevas carretas para seguir viaje hasta el río Yacuma. Al tranco lento de los animales de tiro, se tardaba un par de meses hasta embarcarse nuevamente en una balsa y, recién entonces, bajando por Santa Ana y Exaltación, tomar el curso del río Mamoré. Pero gracias a la audacia del médico estadounidense Edwin Heath, del naturalista James Orton y del cauchero Vaca Diez que se aventuraron Beni abajo, se descubrió un camino al río Madeira que simplificaba el recorrido de las bolachas hacia el Atlántico.
Nicolás Suárez vivó como todos el regreso estruendoso y victorioso de la aventura de Heath y Orton, los adelantados del río; escuchó atentamente los comentarios, no lo pensó dos veces y se largó en una remada solitaria río abajo, hasta estrellarse contra las piedras de una peligrosa cachuela que ya Heath había llamado Esperanza. Boqueando la tragadera de agua y con el bote de sombrero alcanzó la orilla a manotazos de no ahogado. De pie sobre el barranco, mientras se quitaba la ropa mojada, observó el río, las rocas que pechaban la corriente, la espuma encabritada, los remolinos. Remolinos, rápidos, cascadas y cachuelas, troncos y palos competían con los hombres desnudos, con el rumor inquietante del bosque oscuro, en amenazar la vida de los que le sacaban partido a la selva. Pero Suárez lo consideró de otra manera. Dio la espalda al río y se puso a calcular por dónde debería trazar el canal que derivara las aguas para evitar la cachuela. Y volvió río arriba con los planos en la mente, ya decidido a establecer su barraca cauchera en Cachuela Esperanza. Ni más que hablar.
II. CAUCHO
Los aztecas y los mayas ya lo conocían de modo que
¡Pardiez! exclamó Hernán Cortés, atónito, cuando los vio jugar a la pelota - una pelota raramente ágil - corriendo de un lado a otro de la cancha para tratar de embocarla en un anillo de piedra, con cualquier parte del cuerpo que no fuera las manos o los pies. Menudo trabajo les daba lograrlo de manera que el partido duraba varios días y los jugadores se iban turnando, siempre siete contra siete tras una pelota de caucho que ya estaba nombrada en el Popol Vuh.
Hostias ¿habéis visto cómo salta la bola? comentarían los conquistadores que tuvieron el lujo de presenciar, por primera vez en la historia del occidente vencedor, el uso particular que se daba a una sustancia para ellos desconocida. Pero el asombro no paró ahí porque en la intimidad de los cuartos de palacio descubrieron telas de apariencia un poco acartonada por cuya superficie el agua resbalaba sin penetrar el tejido, también cuando vieron que con ese ulli o hule extraído de la Castilla elástica evitaban filtraciones en las canalizaciones o se hacían un zapato poniendo el pie en un enchastre de látex.
Sus mentes primitivas no habían sido bendecidas con la revelación del Verbo que aureolaba la cruz del Cristo, pero evidentemente sus dioses polimorfos no les escatimaban dones como tampoco la lucidez necesaria para aprovecharlos, de manera que también mezclaban el ulli con ciertas hierbas como la Ipomoea alba para darle una resistencia parecida a la que en Europa se lograría con la vulcanización bastante tiempo después. Y se cuentan historias sobre cómo sobrecogió a los portugueses un viajero vuelto del Brasil que exhibía maravillas tan extraordinarias. ¡Brujería! se escandalizaron y lo encarcelaron por firmar pactos de impermeabilización con Satanás.
A fines del siglo XVIII y principios del XIX se descubrió que con la goma se podía borrar lo que se escribía con lápiz. Fueron también varios los intentos en Inglaterra y Escocia de utilizar el caucho para impermeabilizar, apretándolo, en un principio, entre dos telas para no pegotearse los dedos al tocarlo, pero pasó a ser un artículo económicamente brillante cuando el señor Good Year, un día del año 1839 en que jugueteaba con los tubitos de su laboratorio, vino quizá no a descubrir pero sí a confirmar y perfeccionar la idea de que el caucho mezclado con selenio o con azufre resistía los cambios de temperatura, no se convertía en un pegote con el calor ni se ponía duro y quebradizo con el frío.
Así, por esas coincidencias que el caos que rige el universo combina justamente en un momento del devenir histórico, en 1846 Tohmson inventó las ruedas de cámara de aire y, a fin de siglo, cuando Ford puso el automóvil sobre la faz de la tierra, estaban dadas las condiciones para que el caucho se hiciera más que imprescindible en la vida cotidiana del hombre de la época, no de cualquier especie de hombre de la época, solo del hombre blanco.
sábado, 11 de julio de 2009
Amazonía sin petróleo
http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2009070910
Hidrocarburos en la Amazonía boliviana
Estamos en la pelea por una Amazonía sin petróleo. Pelea difícil, de tantas contraversiones.
Esta vez no escribo yo sino que robo una de las tantas producciones de mi amigoPablo Cingolani.
El modelo económico a debate
Las organizaciones indígenas y campesinas de Bolivia repudian las acciones del Ministerio de Hidrocarburos contra Mosetenes y Lecos
Pablo Cingolani
El 8 de julio pasado, en la ciudad de La Paz , sede de gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia, fueron dadas a conocer las resoluciones del I Encuentro Nacional de Secretarios de Recursos Naturales de las Organizaciones Indígenas Originarias Campesinas del país.
El encuentro duró dos días y reunió a las máximas instancias representativas de la mayoría indígena campesina nacional, es decir al Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (CONAMAQ) y sus Suyus, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CTUSCB), la Confederación Sindical de Mujeres Indígenas Originarias Campesinas-“Bartolina Sisa” (CSMIOC-BS), la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), incluyendo a la Organización Indígena Chiquitana (OICH), la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP), la Central de Organizaciones de Pueblos Nativos Guarayos (COPNAG) y la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), el Movimiento Sin Tierra (MST-B) y el Pueblo Afroboliviano.
Los considerandos de las resoluciones son trascendentales ya que van al centro del drama que está afectando al conjunto de pueblos indígenas y comunidades campesinas que forman parte del Estado Plurinacional.
Por un lado, se deja sentado que las actividades extractivas ya existentes en los territorios indígena- campesinos “violan nuestros derechos colectivos reconocidos en la Constitución Política del Estado (CPE), Leyes y Tratados Internacionales”, pero más importante aún, se aclara que los pueblos indígenas y comunidades campesinas se sienten afectados por los impactos negativos que provocan “los sistemas económicos, sociales, culturales y ambientales, que se producen por la extracción de los recursos hidrocarburíferos y mineros en nuestros territorios”.
Este es un cuestionamiento crucial y de fondo al modelo vinculado a la actividad extractiva y monoproductiva, que signa el derrotero económico nacional boliviano desde la creación de la República y que tuvo en los años del neoliberalismo su máxima expresión.
Esos impactos negativos, en el marco del nuevo Estado Plurinacional, según los indígenas y campesinos, persisten “sin que los mismos tengan solución por parte del Gobierno y sus Ministerios”, dice el documento. (1)
Una de las causas de esa falta de soluciones radica, según las organizaciones, en “no dar cumplimiento a la Consulta y Participación previa, libre, informada y obligatoria”, y se alude como responsables tanto al Ministerio de Hidrocarburos y al Ministerio de Minería del gobierno que encabeza el presidente Evo Morales.
Al margen de resoluciones puntuales que insistimos pueden leerse en el documento completo, quisiéramos destacar dos.
En la resolución séptima, se anota que las organizaciones exigen “respeto a la Pachamama y lugares sagrados, la conservación de la biodiversidad, agua, suelo, lagos, ríos y otros recursos naturales en todo el territorio nacional, especialmente en áreas protegidas, territorios indígenas originarios y campesinos restringiendo el desarrollo de actividades hidrocarburíferas y mineras, y de acuerdo a los usos y conocimientos tradicionales”.
Está claro que este es el principio que sustenta el Vivir Bien, el paradigma para la construcción de una nueva sociedad que está incluido en el texto pionero de la nueva constitución boliviana en vigencia. Es a la vez, la base de la recientemente aprobada Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra , impulsada por el propio Evo, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas.
La resolución decimoquinta es bien elocuente. Se promueve la convocatoria “a un debate nacional de las organizaciones indígenas originarias campesinas con las instancias del Gobierno sobre la necesidad de generar un nuevo modelo de desarrollo sostenible, más allá de las actividades hidrocarburíferas y mineras, y sobre la distribución de la renta del gas y minerales, como señala la CPE promulgada este pasado 7 de febrero de 2009” .
Esta iniciativa de los movimientos sociales debería ser tomada muy en cuenta: es el primer aporte orgánico de las organizaciones para la construcción de un modelo nacional de desarrollo post hidrocarburífero, una condición que será dramática e inevitable en un futuro cercano para Bolivia. Pero además rescata el valor y las implicancias de la nueva Constitución del Estado Plurinacional boliviano que reconoce nuevos derechos para las mayorías nacionales y por ello, y con justicia, ha creado enormes expectativas.
Desde ya, es el gobierno el que ahora tiene la palabra.
Solidaridad con los pueblos Mosetén y Leco
Finalmente, la declaración no pasa por alto el drama que actualmente viven los hermanos Mosetenes y Lecos del Alto Beni y la provincia Larecaja, producto del accionar del Ministerio de Hidrocarburos.
“Repudiamos –dice la resolución cuarta- las acciones del Ministerio de Hidrocarburos en las visitas a las comunidades de Mozeten [sic] y Lecos, integrantes del CPILAP, para obtener respaldo y otorgar la licencia ambiental a la empresa YPFB-Petroandina S.A.M. de la Fase II del Proyecto Lliquimuni, y exigimos la nulidad de este procedimiento por no haberse respetado las estructuras orgánicas como manda el Art. 118 de la Ley N º 3058 de Hidrocarburos y el D.S. 29033, debiéndose aplicar la consulta y participación conforme a la normativa y lo señalado en la CPE ”.
Finalmente, la resolución también aclara que se exige la misma nulidad para los proyectos hidrocarburíferos que afectan a los territorios de la APG , y respecto a la explotación minera de Coro Coro, Amayapampa y otros proyectos y actividades mineras que se desarrollan en territorios de los suyus, marcas y ayllus del CONAMAQ.
La Paz, 11 de julio de 2009
Notas
(1) Las resoluciones completas del encuentro pueden leerse en: http://www.erbol.com.bo/noticia.php?identificador=2147483917739&id=1
domingo, 21 de junio de 2009
Solsticio de invierno
viernes, 12 de junio de 2009
Somos la rabia de Baguá
En el Perú hay una ley – la 26.505 – que determina las condiciones de la inversión privada en el territorio nacional y en las tierras de las comunidades campesinas y nativas. Esta ley ha sido recientemente modificada por decretos legislativos cuya esencia choca en tres puntos básicos con la delicada armonía que integra las relaciones étnicas en el Perú: los decretos ponen en pie de igualdad a las comunidades de la costa, la sierra y la selva, desconociendo sus diferencias geográficas, culturales y económicas; los decretos reducen el porcentaje de votos necesarios para comprar, vender, alquilar, gravar, enajenar o tomar cualquier decisión sobre la tierra en el seno de las comunidades – se pasa de necesitar dos tercios de voto a favor, de toda la comunidad, a un cincuenta por ciento de los asistentes a la Asamblea General - y, colmo del ninguneo, los decretos no fueron consensuados con los miembros de los grupos étnicos a los que afectan tal como lo establece el Convenio 169 de la OIT, ratificado por el Perú.
Hasta aquí el problema legal, que quizá no justifique, a nuestros ojos ciudadanos, tanto indio soliviantado, tanta obstinación, tanta tenacidad, tanta represión, tanta muerte.
Pero América sufre el mal de las legislaciones superpuestas o, dicho de una manera más pragmática, la disociación política y moral entre una ley impuesta por los blancos y el derecho consuetudinario preexistente que ha sido desconocido durante la Colonia y continúa siéndolo por las clases dirigentes de las nuevas repúblicas. Tal como lo recuerda Ernesto Ráez Luna, ambientalista investigador en la Universidad Cayetano Heredia de Perú, “los decretos olvidan que las Naciones Unidas declararon que ‘los pueblos y las personas indígenas tienen el derecho a no sufrir la asimilación forzosa o la destrucción de su cultura’ y el Estado está obligado a prevenir ‘todo acto que tenga por objeto o consecuencia enajenarles sus tierras, territorios o recursos’; ‘toda forma de asimilación e integración forzosa a otras culturas o modos de vida que les sean impuestos por medidas legislativas, administrativas o de otro tipo’; y ‘toda forma de propaganda que tenga como fin promover o incitar la discriminación racial o étnica dirigida contra ellos”. “Los indígenas, en ejercicio de derechos garantizados por la sociedad global contemporánea – agrega Ráez Luna -y por las instituciones democráticas, ven en esos decretos legislativos, amenazadas su identidad (por asimilación) y su supervivencia (por debilitamiento de salvaguardas territoriales). Y por eso es que los indígenas han dicho estar en pie de guerra, horrorizando a los capitalinos, que no entienden que se trata de pueblos a punto de desaparecer, acosados, violentados y ninguneados cada segundo de los últimos quinientos años. Quien está al borde de caer en la nada, no puede ser muy educado cuando recibe un empujón”.
Nadie niega la posibilidad de que el soplo de nacionalismo acérrimo de Ollanta Humala se filtre en el pensamiento de Alberto Pizango, líder de la Asociación Interétnica de la Selva Peruana que lleva adelante la lucha de los indígenas por la defensa de sus territorios. Y bueno, tal adscripción ideológica del mundo aborigen de la Amazonía será el paradójico triunfo de la codicia genocida del presidente Alan García, en su alianza con las internacionales del petróleo que, en su gesta tecnológicamente modernizadora, económicamente pujante e irracionalmente arrasadora demolerán la selva, envenenarán las aguas de los ríos, intoxicarán a los peces, introducirán gripes y sarampiones, invadirán la vida de las comunidades que vivieron en intercambio holista con la naturaleza preservando la Amazonía por tantos siglos, pisotearán plantas de propiedades aún desconocidas, aniquilarán sabidurías que ya no nos llegarán y condenarán a los primigenios habitantes a una vida marginal que no recibirá ni pizca de las fabulosas ganancias que la selva provee.
Elina Malamud
12 de junio de 2009
viernes, 1 de mayo de 2009
No desmontarás
El tapeteo del trotar de los tapires, el bisbiseo de los picaflores, el trino de un pájaro afincado en las copas emergentes, el roce de las hojas, el silencioso masticar de las orugas, la fina cinta dibujada por el andar de la serpiente o el crujir de la madera húmeda invadida por las termitas y el brillo acechante y hambriento en los ojos del tigre eran los ruidos y las luces a que la tribu estaría acostumbrada, una tribu metafórica, evanescida en el tiempo y el espacio similar a la que el escritor Miguel Esquirol imagina en el momento exacto en que escucharon por primera vez el fragor atronador de árboles que caían, como si una tormenta llegara de golpe a la selva. “Que caiga un árbol no es nada extraño, puede ser por una tormenta o por que está podrido y su hora le ha llegado, incluso nosotros tenemos que cortar algún árbol para construir barcas” pensaron. El primero que encontraron era tan grueso que ni los diez hombres más grandes de la tribu podrían rodearlo. Ni el más terrible incendio del verano podría haber hecho mella en él. Finalmente, petrificados por el horror, en medio de una tierra yerma y chamuscada vieron al monstruo poderoso capaz de semejante estropicio. Con el pecho encogido de pena y asco, la desesperación pintada en cada uno de sus gestos, volvieron para contar a su gente lo que habían visto. Las rodillas se entrechocaban mientras corrían, aun cubierto el rostro por el sudor del miedo. En medio de la selva y lejos del peligro se sentían como si nunca más pudieran volver a ser felices. “Si algún día aquellos monstruos vienen hacia nosotros no tenemos nada que hacer. Nos tendremos que convertir en fantasmas. Ya somos fantasmas” prefiguran los andantes del bosque de Miguel Esquirol.
Un árbol caído se transforma en barca, demasiados, en inundación o desierto o seria preocupación por el futuro de la vida en el planeta.
Por qué, por qué, por qué
Hay causas naturales que tienen que ver con el aumento de las lluvias en Tartagal en esta época del año, acepta Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace – que aportó amplia información para esta nota - antes de pasar a explicar cómo el aparente caos en que se despatarra la caprichosa Naturaleza tiene reglas de armonía: la vegetación del bosque, las hojas, las ramas, el propio árbol, entretienen el chorreo del agua de lluvia de manera que no llegue con tanta velocidad a los suelos, hacen las veces de esponja que la retiene y las propias raíces de los árboles la conducen mansamente hacia las napas bajo tierra, de manera que, si la vegetación desaparece, la erosión de esos suelos, que son básicamente arenosos y con una pendiente importante, es muy grande. Como lo señalamos en el 2006, continúa Giardini, cuando fue la anterior inundación, y también consta en informes de la Universidad de Salta y de la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación, si bien hay causas naturales, la deforestación provocada por la tala maderera y por las picadas petroleras que se hacen en la cuenca alta del río Tartagal incide de manera muy importante para que sucedan este tipo de cosas en la región, a la que se agrega el desmonte en la cuenca media para la ganadería y para los cítricos; la foresta de la cuenca baja fue haciendo lugar al cultivo de la soja … y la región está colapsada. Hace muchos años el río era apenas una fina línea esmaltada de reflejos en medio de la vegetación y hoy es una corriente caudalosa que genera procesos de remoción de los suelos y las condiciones para que tantos árboles se hayan caído. En realidad una conjunción de factores coincidieron – en ese enhebrar casualidades que mueve el universo – para provocar el desastre de Tartagal de que estamos hablando: la eclosión del suelo erosionado que había perdido la fuerza necesaria para retener esos pobres árboles y debió dejarlos huérfanos a merced de la riada; troncos ya trabajados, talados y amontonados por las compañías madereras legales o no, que se dedican especialmente a la extracción del cedro en zonas altas de la cuenca del río; las picadas taladas por las petroleras que hacen camino al agua para que baje más rápido; los desmontes en la cuenca baja incorporada últimamente al cultivo de la soja, que producen una erosión retrocedente que ensancha el cauce del río hacia atrás. En este caso particular la cantidad de troncos y postes formó un dique natural que pudo tumbar el puente ferroviario y permitir tal entrada del agua a la ciudad. El agua sola no habría podido hacerlo. Como apuntó en algún momento el físico Pablo Canziani “la gente tiene que entender que el cambio climático es algo natural y tiene que ver con la evolución de la Tierra. Pero el problema es que la vida del hombre, sobre todo a partir de la segunda guerra mundial, está en colisión con el sostenimiento del planeta. Este choque está haciendo que el ser humano genere cambios que la naturaleza no soporta. El problema no es el cambio sino la velocidad del mismo".
¿Todo bajo control?
El año pasado en todo el Chaco había una sequía terrible. La mitad de la provincia estaba seca, pero, en medio de ese cielo sin lluvia, el Impenetrable estaba inundado. Los desmontes en Salta, en la zona de Tartagal, hicieron que el río Bermejito, que entra hacia El Impenetrable, viniera con una crecida impresionante y anegara toda la zona. Las comunidades indígenas estaban totalmente aisladas y con agua hasta la cintura. La política forestal de una provincia influye mucho más allá de sus fronteras políticas.
En 2003 la Universidad del Litoral y la CEPAL publicaron un informe en que vinculaban parte del problema – no todo – a las talas que había sufrido la provincia en el norte. Estas situaciones se pueden repetir en Formosa, en el Chaco, en el norte de Córdoba, en todas las regiones que están siendo afectadas por una emergencia forestal que se lleva 300.000 hectáreas de bosque nativo por año, una manzana de monte cada dos minutos. Es decir que si no hay una política que trate de frenar la deforestación y de controlar las zonas que no estén cercanas a las cuencas, situaciones similares se pueden vivir en cualquier ciudad del centro y norte del país.
La deforestación - aclara Giardini, y por eso fue imprescindible la reglamentación de la ley de bosques - en gran medida está alentada por los gobiernos provinciales. No es ilegal y son los propios gobiernos los que dan permisos a grandes empresas nacionales y a algunas extranjeras para deforestar. Cordobeses, rosarinos y porteños se van al Chaco o a Salta y compran grandes fincas, lotes fiscales o privados muchas veces habitados, que van pasando por dueños que nunca han visitado esos campos. Dentro hay comunidades indígenas que históricamente las han habitado o comunidades campesinas que ahí viven y trabajan hace doscientos o trescientos años, hijos de hijos de hijos de colonos o antiguos peones de grandes fincas que se fueron subdividiendo. Aparece de pronto el empresario que las ha comprado y los desaloja, a veces con para policiales o con adicionales de la propia policía provincial o incluso con topadoras hambrientas de hacer puré con sus ranchos. Estas familias literalmente desterradas terminan viviendo en los círculos conurbanos de las grandes ciudades con las oportunidades que nunca les llegan porque es difícil pasar de una cultura rural que asegura el sustento diario a una vida de ciudad con cánones de subsistencia y de relaciones humanas que hay que aprender. Sus muy probables desilusiones quedan expuestas al paco, la birra y la prostitución a toda edad, siguientes vértices de este eje del mal que destripa negligentemente comunidades minerales, vegetales, animales y humanas, en lo material y en lo espiritual. Este éxodo rural que se está viviendo, hace diez años, de una manera intensiva se debe en gran medida al avance de la frontera agrícola, motorizada por la soja, por la ganadería y por los gobiernos provinciales que autorizan los desmontes, pero, fundamentalmente, porque las tierras son baratas. Una tierra en Pergamino vale diez mil dólares la hectárea, mientras que en el chaco salteño se puede comprar por solo doscientos. Donde el suelo no da para soja, se dedica a ganadería de bajomonte que también está generando un impacto importante.
Qué perdés cuando perdés.
Cuando el amigo bosque se va, se lleva encanutada, en principio, la biodiversidad porque los bosques conservan el cincuenta por ciento de la biodiversidad del planeta; deja a cambio inundaciones, cambio climático - el veinte por ciento de las emisiones globales nocivas se deben a la deforestación y obviamente los países como el nuestro contribuyen más por la desaparición del bosque que por la producción industrial - y, directa o indirectamente, como ya lo hemos visto más arriba en esta nota, el desalojo de las comunidades campesinas e indígenas que está ocurriendo. Más allá de que los pequeños productores metan sus vacas, ovejitas y cabras, lo importante es ver la diferencia entre tala y desmonte. La tala se hace con motosierra, se busca la madera, el árbol que se quiere talar, mientras que el desmonte se hace con topadora y no queda nada… Nada… Nada a partir de lo cual se pueda encontrar una simiente para recuperar el bosque. El proceso de destrucción de la tala no controlada necesita treinta o cuarenta años para la recuperación. Un desmonte no necesariamente se puede recuperar con reforestación porque un bosque es más que los árboles, es el sotobosque, es los árboles bajos que estaban creciendo, es un conglomerado de vidas vegetales y animales que conjugan un ecosistema interdependiente.
Además de ser trasgénicamente fortachona para que la fumigación con glifosato mate toda la maleza que la rodea pero a ella la mantenga incólume, la soja es básicamente tragona, necesita muchos nutrientes de manera que, al cabo de varias cosechas, la tierra que la amamanta queda seca como un pecho gastado. Las grandes corporaciones recomiendan a los productores que roten los cultivos, pero con la soja embolsan, digamos algo actual… 300 dólares por tonelada y con el tomate ganarían unos raquíticos 100 pesos. No way, Monsanto. Cuando la tierra se agote, desmontarán otras, condenadas al glifosato. Atrás quedará ese suelo recontrausado, empobrecido, desertificado que ofrecerán buenamente a alguna comunidad aborigen protestona a cambio de lo que le robó el avance de los ambiciosos de la historia.
Está claro que la producción sustentable es una decisión política. Una agricultura que no hipoteque el futuro del planeta debe ser diversificada y apuntar a una economía familiar. En cuanto haya monocultivo y producción a gran escala es muy probable que surjan serios problemas ambientales y desigualdades sociales cada vez mayores, concentración de la tierra, desalojo de las comunidades campesinas e indígenas que son las que realmente hacen una agricultura sustentable que no es a la que se está apuntando ni desde el mercado ni desde las políticas de muchas provincias.
Cómo lo llevamos adelante y cómo se puede cambiar: con leyes que se apliquen claramente. La ley de bosques es un principio de solución. Si se aplica a las provincias, ellas pueden dedicar una parte de la tierra a la deforestación, otra parte a la tala controlada y otra a bosques que no se deban tocar.
Se ama lo que se conoce o lo que se intuye como pasible de provocar o merecer nuestro amor; así amamos la sequedad o la humedad de los bosques los que percibimos la belleza y la vida que late en sus entrañas. De la misma manera, los que no conocen otra cosa que el dinero sólo serán capaces de tener ese único objeto de amor.
Publicado en Hecho en Buenos Aires.
