Máximo Rodríguez habrá llegado de Asturias con su hermano y su atadito de inmigrante escapando quizá de las penurias del hambre o con ansias de gachupín, buscando ofertas para una vida que había creído encallada para siempre en aquellas cuestas del norte ibérico, ni tan húmedas ni tan peladas. Había cruzado el océano vomitando sus montañas cantábricas en los vaivenes del barco creyendo que en cada pedacito que botaba al mar las veía por última vez, sin saber que volvería triunfador y con halo de prohombre, según el entendimiento de los vencedores. El filo cortante de largos inviernos alimentados a ventiscas nevosas lo hicieron buscar paisajes verdes y cálidos, húmedos y bullentes y cuando llegó al Ucayali decidió que aquí me quedo trabajando para los caucheros que no daban a basto en la carrera para complacer la demanda de los mercados de Europa. Habrá conocido allí lo que se ve de la selva y habrá aprendido a intuir lo que queda oculto, la traición del verdor, las trampas del patrón, la esclavitud del indígena, la desilusión del peón contratado, venido de tan lejos canturreando futuros que se anegarían en falsas promesas. En su condición de español habrá tenido su sitio en las oficinas llevando contabilidades, organizando despachos, recibiendo insumos, o quizá se estacionó en un claro para subcontratar peones que sangraran caucho y perseguir las caderas húmedas de las chunchas.
Tan bien le fueron las cosas que por 1905 se estableció por su cuenta en Madre de Dios, un distrito del sudeste del Perú que, aunque bautizado con el nombre de la Madre, yacía olvidado de la mano de dios así como, todavía en ese entonces, suponía don Máximo, de los señores del caucho. Allí estableció su fundo, que llamó Iberia, dedicándose ipso facto a las tareas preliminares que el negocio exigía como espantar primigenios pobladores indígenas que le disputaran el usufructo de su porción de selva.
Correrías se llamaban castamente esas sacudidas que estremecían el bosque, a la caza de hombres nativos que morían a bala, o desaparecían con sus clanes devastados por las epidemias o eran atrapados para trabajar o ser vendidos. Si lograban escurrir el bulto a la masacre o a la esclavitud, escapaban hacia el interior, alejándose de las riberas o remontando playas hacia las cabeceras de los ríos. En el silencio de su retirada dejaron su lugar al aura de valentía, desconocimiento del miedo, decisión avasalladora y espíritu empresario con que la hermana casquivana de la historia , cortesana veleidosa, prostituida por los cantos de gloria de los vencedores, enalteció a los hombres blancos que infringieron la selva para explotarla y hacerse ricos, a los prohombres hoy venerados por las tradiciones de sus familias, por sociedades sin memoria, por leyendas escolares, por la literatura vana de las agencias turísticas que se recuestan, alienadas, sobre un suelo incómodo, lleno de pecados nuevos y viejos: ambición, soberbia, abuso, explotación descarnada de los hombres engañados en su desconocimiento o su inocencia, tortura, desdén y muerte.
Solo que cuando Máximo Rodríguez llegó a Madre de Dios, ya el cauchero boliviano Nicolás Suárez se le había adelantado.
La selva, hasta la fiebre del caucho, no tenía reconocimiento cartográfico en el imaginario de los que no la frecuentaban. En el circuito cotidiano de los políticos capitalinos no estaba el territorio verde húmedo y líquido, no figuraban los grupos humanos originarios que lo recorrían, cuidaban y cultivaban desde tiempos remotos transmitiendo su lengua, su cultura, sus conocimientos y sus genes a los nietos y bisnietos de los hijos de sus hijos. La selva no tenía geografía ni historia. No existía. Era una Shangri-La apenas posible donde no solo las tribus indígenas se movían sin conciencia de las fronteras nacionales modernas heredadas de los europeos sino también los bolivianos, brasileños y peruanos que se aventuraron a sacarle partido. Nicolás Suárez, el menor de los Suárez Callaú, había crecido en el ambiente guaraní de Santa Cruz de la Sierra. Junto a sus hermanos se había ganado la vida comerciando cascarilla y pieles en la cuenca del río Beni. La cascarilla, o corteza de chinchona, contiene la quinina, el remedio indispensable para curar el paludismo y entre 1850 y 1860 tuvo su periodo de auge económico. Nicolás era fuerte y emprendedor, tenía espíritu de aventura y sus ojos fieros se arrebolaban en el verde de la espesura siempre intrigados, buceando en el aire presentido, buscando sorprenderse tras el velo súbito de la selva con lo inesperado que encontraría al superar el recodo del río, con el nicho de plantas nuevas que enriquecería su negocio. Sin el miedo a lo no visto que arredra a los que estrenan la jungla o despreciándolo o gozando el ahogo hondo de la adrenalina, arremetía aguas adentro sopesando cada reflejo, sintiendo que vencía lo desconocido abriendo cauce a esa lujuria de poder que le crecía y lo sostenía y que alimentó su cuerpo y su alma y el imperio que con él habría de construir. Su estampa barbuda remaba en solitario; no necesitaba compañía para largarse a explorar riachos, ni ayuda para saltar del bote al barro movedizo de la ribera, ni para trepar los barrancos resbalosos ni para enfrentar a los caimanes nocturnos o a los hombres desnudos que atisbaban en la espesura.
No le temía a la espesura. Él sería su dueño, señor de los pantanos, de cada árbol del bosque y de su savia, de las huanganas y los guacamayos, de los mismos hombres que bufaban y escupían y de sus propias almas. Y chuceaba el verde ignoto río Beni abajo tratando de descubrir los peligros que encerraba, decadivinar pisadas, de intuir rumores líquidos que le hablaran de lo que podría encontrar yendo más allá, adonde nadie que el conociera se había atrevido, todavía.
Mientras no supiera qué meandros dibujaba el río Beni y por dónde se dejaba fluir, la exportación del caucho que había empezado a producir seguía un camino largo, caro y sinuoso.
Una vez armadas las bolachas, que podían pesar setenta, ochenta o cien kilos cada una –según lo cuenta Fifer - las remontaban en pequeñas embarcaciones a fuerza de remo por el Beni, hasta Puerto Salinas. En Puerto Salinas había que descargar todo para montarlo nuevamente en las carretas que llevarían las bolachas a Reyes, donde trasbordarían a nuevas carretas para seguir viaje hasta el río Yacuma. Al tranco lento de los animales de tiro, se tardaba un par de meses hasta embarcarse nuevamente en una balsa y, recién entonces, bajando por Santa Ana y Exaltación, tomar el curso del río Mamoré. Pero gracias a la audacia del médico estadounidense Edwin Heath, del naturalista James Orton y del cauchero Vaca Diez que se aventuraron Beni abajo, se descubrió un camino al río Madeira que simplificaba el recorrido de las bolachas hacia el Atlántico.
Nicolás Suárez vivó como todos el regreso estruendoso y victorioso de la aventura de Heath y Orton, los adelantados del río; escuchó atentamente los comentarios, no lo pensó dos veces y se largó en una remada solitaria río abajo, hasta estrellarse contra las piedras de una peligrosa cachuela que ya Heath había llamado Esperanza. Boqueando la tragadera de agua y con el bote de sombrero alcanzó la orilla a manotazos de no ahogado. De pie sobre el barranco, mientras se quitaba la ropa mojada, observó el río, las rocas que pechaban la corriente, la espuma encabritada, los remolinos. Remolinos, rápidos, cascadas y cachuelas, troncos y palos competían con los hombres desnudos, con el rumor inquietante del bosque oscuro, en amenazar la vida de los que le sacaban partido a la selva. Pero Suárez lo consideró de otra manera. Dio la espalda al río y se puso a calcular por dónde debería trazar el canal que derivara las aguas para evitar la cachuela. Y volvió río arriba con los planos en la mente, ya decidido a establecer su barraca cauchera en Cachuela Esperanza. Ni más que hablar.