sábado, 18 de julio de 2009

SELVA por los herederos de Kunst


La trágica época de la extracción del caucho en la selva amazónica - trágica para unos y descaradamente productiva para otros - llena muchos huecos de nuestra historia latinoamericana. Son muchas las puntas del hilo por donde encararla. Yo empecé por cualquiera. La cuestión fue empezar y lo hice impulsada por Pablo y por Percy Harrison Fawcett.

I. PERCY HARRISON FAWCETT

Pablo apareció por primera vez en mi casa de San Telmo una tarde templada de invierno, de ese invierno arbitrario que tenemos en la pampa húmeda. Traía dos fotografías. En la más grande había dos indios desnudos, en blanco y negro, ni tan feos ni tan exóticos como les habrá parecido a ellos el hombre que les sacaba la foto. A medias sonrientes, la expresión del músculo que sostenía el arco y las flechas en el límite justo entre la relajación y la continua expectativa, parecían saber que yo los estaba mirando por el ojo de la cámara, para que te inspires, me dijo y yo pasé el dedo por el epígrafe savages who had never seen a white civilized man . La otra era la más conocida y bella estampa, esta vez en sepia, de Perry Harrison Fawcett. Pelechuco 1911 agregó Pablo como si se lo revelara a un iniciado que se instruía en sus códigos. Después se sentó en el sillón más antiguo y profundo del living, apoyó la mochila sobre la alfombra de sobrios arabescos en rosas y verdes viejos que heredé de mi madre y empezó a sacar sus otros tesoros mientras se vaciaba media botella de pisco.
En realidad, a penas llegó ¿un café? empecé por ofrecerle porque todavía hacía un poco de frío y estábamos en Buenos Aires donde casi no conocemos otra manera de iniciar el rito de la bienvenida. Claro dijo, pero no bien me hubo mostrado las primeras reliquias amarillentas ya su pocillo había quedado vacío, más bien exangüe, sobre explotado diría, al borde de la amplia mesa cuadrada, con aspecto de miserable ansia de lo que querría dar y no daba a un hombre que acababa de bajar de los Andes, que se alimentaría a guisos frondosos de rocoto, sopas espesas de cilantro y cervezas de aguas enervadas tras largo y brioso borbotear cordillera abajo más allá del altiplano, que arrumaría la amistad en tales borracheras, que mordería la vida singani tras singani en la casa grande, en la casa chica, en la oficina turbulenta y en las excursiones a las planicies bajas desconocidas por el hombre común y por los restos de ese cafecito de mierda avergonzados y únicos, que se pegoteaban, porteños y amarretes, en el fondo del pocillo. Tengo un pisquito peruano marashka recién traída de Croacia aguardiente casero de Montenegro o vodka de, pisco está bien sin limón sin azúcar sin maní, lo necesario para perder la mesura de bibliotecario con que, hasta ese momento, había ido desplegando mapas llenos de anotaciones fotos y libros de papel quebradizo.
Cartas amarillas escritas a pluma, facturas borrosas de abarrotes que Carlos Franck u otros caucheros mercaban en Puno, libros esotéricos que se apropiaban del costado más inverosímil y misterioso de la aventura de Fawcett en la selva amazónica y discos compactos que, sin permisos ni ceremonias, fue copiando en el escritorio de mi computadora.
Íbamos a ser compinches, pero Mujeres no, dijo también cuando pasó a contarme el proyecto Madidi. Hasta esa tarde en la alfombra de San Telmo, habíamos transitado el mismo tiempo y los mismos espacios. Como en un guión de Osterheld, habíamos mirado las mismas mariposas, patinado los mismos barros que orillan el río Tambopata, hurgueteado los fracasos de tanto godo ambicioso y conquistador en la búsqueda de algún tesoro que no fuera líquido oculto en la espesura, habíamos intuido a las tribus misteriosas cuya estela él perseguía aguas arriba y bosque adentro y habíamos retratado a esa gente de moral inimputable que habita las márgenes de todas las selvas, pero viajando en dimensiones diferentes, en campos paralelos fraguados con otras historias y otras preguntas. De pronto un encuentro más o menos casual en Internet, un chispazo en el que implotó la geografía amazónica, concentró el poder gravitatorio que conjugó ambas trochas para que ahora empezara nuestra aventura conjunta y recién inventada tras los pasos de Fawcett.

III. FRONTERAS

Máximo Rodríguez habrá llegado de Asturias con su hermano y su atadito de inmigrante escapando quizá de las penurias del hambre o con ansias de gachupín, buscando ofertas para una vida que había creído encallada para siempre en aquellas cuestas del norte ibérico, ni tan húmedas ni tan peladas. Había cruzado el océano vomitando sus montañas cantábricas en los vaivenes del barco creyendo que en cada pedacito que botaba al mar las veía por última vez, sin saber que volvería triunfador y con halo de prohombre, según el entendimiento de los vencedores. El filo cortante de largos inviernos alimentados a ventiscas nevosas lo hicieron buscar paisajes verdes y cálidos, húmedos y bullentes y cuando llegó al Ucayali decidió que aquí me quedo trabajando para los caucheros que no daban a basto en la carrera para complacer la demanda de los mercados de Europa. Habrá conocido allí lo que se ve de la selva y habrá aprendido a intuir lo que queda oculto, la traición del verdor, las trampas del patrón, la esclavitud del indígena, la desilusión del peón contratado, venido de tan lejos canturreando futuros que se anegarían en falsas promesas. En su condición de español habrá tenido su sitio en las oficinas llevando contabilidades, organizando despachos, recibiendo insumos, o quizá se estacionó en un claro para subcontratar peones que sangraran caucho y perseguir las caderas húmedas de las chunchas.
Tan bien le fueron las cosas que por 1905 se estableció por su cuenta en Madre de Dios, un distrito del sudeste del Perú que, aunque bautizado con el nombre de la Madre, yacía olvidado de la mano de dios así como, todavía en ese entonces, suponía don Máximo, de los señores del caucho. Allí estableció su fundo, que llamó Iberia, dedicándose ipso facto a las tareas preliminares que el negocio exigía como espantar primigenios pobladores indígenas que le disputaran el usufructo de su porción de selva.
Correrías se llamaban castamente esas sacudidas que estremecían el bosque, a la caza de hombres nativos que morían a bala, o desaparecían con sus clanes devastados por las epidemias o eran atrapados para trabajar o ser vendidos. Si lograban escurrir el bulto a la masacre o a la esclavitud, escapaban hacia el interior, alejándose de las riberas o remontando playas hacia las cabeceras de los ríos. En el silencio de su retirada dejaron su lugar al aura de valentía, desconocimiento del miedo, decisión avasalladora y espíritu empresario con que la hermana casquivana de la historia , cortesana veleidosa, prostituida por los cantos de gloria de los vencedores, enalteció a los hombres blancos que infringieron la selva para explotarla y hacerse ricos, a los prohombres hoy venerados por las tradiciones de sus familias, por sociedades sin memoria, por leyendas escolares, por la literatura vana de las agencias turísticas que se recuestan, alienadas, sobre un suelo incómodo, lleno de pecados nuevos y viejos: ambición, soberbia, abuso, explotación descarnada de los hombres engañados en su desconocimiento o su inocencia, tortura, desdén y muerte.
Solo que cuando Máximo Rodríguez llegó a Madre de Dios, ya el cauchero boliviano Nicolás Suárez se le había adelantado.
La selva, hasta la fiebre del caucho, no tenía reconocimiento cartográfico en el imaginario de los que no la frecuentaban. En el circuito cotidiano de los políticos capitalinos no estaba el territorio verde húmedo y líquido, no figuraban los grupos humanos originarios que lo recorrían, cuidaban y cultivaban desde tiempos remotos transmitiendo su lengua, su cultura, sus conocimientos y sus genes a los nietos y bisnietos de los hijos de sus hijos. La selva no tenía geografía ni historia. No existía. Era una Shangri-La apenas posible donde no solo las tribus indígenas se movían sin conciencia de las fronteras nacionales modernas heredadas de los europeos sino también los bolivianos, brasileños y peruanos que se aventuraron a sacarle partido. Nicolás Suárez, el menor de los Suárez Callaú, había crecido en el ambiente guaraní de Santa Cruz de la Sierra. Junto a sus hermanos se había ganado la vida comerciando cascarilla y pieles en la cuenca del río Beni. La cascarilla, o corteza de chinchona, contiene la quinina, el remedio indispensable para curar el paludismo y entre 1850 y 1860 tuvo su periodo de auge económico. Nicolás era fuerte y emprendedor, tenía espíritu de aventura y sus ojos fieros se arrebolaban en el verde de la espesura siempre intrigados, buceando en el aire presentido, buscando sorprenderse tras el velo súbito de la selva con lo inesperado que encontraría al superar el recodo del río, con el nicho de plantas nuevas que enriquecería su negocio. Sin el miedo a lo no visto que arredra a los que estrenan la jungla o despreciándolo o gozando el ahogo hondo de la adrenalina, arremetía aguas adentro sopesando cada reflejo, sintiendo que vencía lo desconocido abriendo cauce a esa lujuria de poder que le crecía y lo sostenía y que alimentó su cuerpo y su alma y el imperio que con él habría de construir. Su estampa barbuda remaba en solitario; no necesitaba compañía para largarse a explorar riachos, ni ayuda para saltar del bote al barro movedizo de la ribera, ni para trepar los barrancos resbalosos ni para enfrentar a los caimanes nocturnos o a los hombres desnudos que atisbaban en la espesura.
No le temía a la espesura. Él sería su dueño, señor de los pantanos, de cada árbol del bosque y de su savia, de las huanganas y los guacamayos, de los mismos hombres que bufaban y escupían y de sus propias almas. Y chuceaba el verde ignoto río Beni abajo tratando de descubrir los peligros que encerraba, decadivinar pisadas, de intuir rumores líquidos que le hablaran de lo que podría encontrar yendo más allá, adonde nadie que el conociera se había atrevido, todavía.
Mientras no supiera qué meandros dibujaba el río Beni y por dónde se dejaba fluir, la exportación del caucho que había empezado a producir seguía un camino largo, caro y sinuoso.
Una vez armadas las bolachas, que podían pesar setenta, ochenta o cien kilos cada una –según lo cuenta Fifer - las remontaban en pequeñas embarcaciones a fuerza de remo por el Beni, hasta Puerto Salinas. En Puerto Salinas había que descargar todo para montarlo nuevamente en las carretas que llevarían las bolachas a Reyes, donde trasbordarían a nuevas carretas para seguir viaje hasta el río Yacuma. Al tranco lento de los animales de tiro, se tardaba un par de meses hasta embarcarse nuevamente en una balsa y, recién entonces, bajando por Santa Ana y Exaltación, tomar el curso del río Mamoré. Pero gracias a la audacia del médico estadounidense Edwin Heath, del naturalista James Orton y del cauchero Vaca Diez que se aventuraron Beni abajo, se descubrió un camino al río Madeira que simplificaba el recorrido de las bolachas hacia el Atlántico.
Nicolás Suárez vivó como todos el regreso estruendoso y victorioso de la aventura de Heath y Orton, los adelantados del río; escuchó atentamente los comentarios, no lo pensó dos veces y se largó en una remada solitaria río abajo, hasta estrellarse contra las piedras de una peligrosa cachuela que ya Heath había llamado Esperanza. Boqueando la tragadera de agua y con el bote de sombrero alcanzó la orilla a manotazos de no ahogado. De pie sobre el barranco, mientras se quitaba la ropa mojada, observó el río, las rocas que pechaban la corriente, la espuma encabritada, los remolinos. Remolinos, rápidos, cascadas y cachuelas, troncos y palos competían con los hombres desnudos, con el rumor inquietante del bosque oscuro, en amenazar la vida de los que le sacaban partido a la selva. Pero Suárez lo consideró de otra manera. Dio la espalda al río y se puso a calcular por dónde debería trazar el canal que derivara las aguas para evitar la cachuela. Y volvió río arriba con los planos en la mente, ya decidido a establecer su barraca cauchera en Cachuela Esperanza. Ni más que hablar.

II. CAUCHO

La madera que llora, tal como llamaban los indios mainas a ese árbol que sabía sangrar su savia blanca y lechosa, allá por los bordes del río Marañón, fue una de las dos causas que directa o indirectamente trajeron a Percy Harrison Fawcett a América del Sur y lo amarraron a la Amazonía. Caa le decían a la madera, ochu decían para decir llorar y caucho se llamó para siempre la goma resinosa que habitaba la selva americana en el hevea brasiliensis, pero que floreció -a costa del trabajo esclavo de quienes la habían custodiado durante siglos o milenios- a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX. Y no solo lloró, la madera, sino que también los hizo llorar.
Los aztecas y los mayas ya lo conocían de modo que
¡Pardiez! exclamó Hernán Cortés, atónito, cuando los vio jugar a la pelota - una pelota raramente ágil - corriendo de un lado a otro de la cancha para tratar de embocarla en un anillo de piedra, con cualquier parte del cuerpo que no fuera las manos o los pies. Menudo trabajo les daba lograrlo de manera que el partido duraba varios días y los jugadores se iban turnando, siempre siete contra siete tras una pelota de caucho que ya estaba nombrada en el Popol Vuh.
Hostias ¿habéis visto cómo salta la bola? comentarían los conquistadores que tuvieron el lujo de presenciar, por primera vez en la historia del occidente vencedor, el uso particular que se daba a una sustancia para ellos desconocida. Pero el asombro no paró ahí porque en la intimidad de los cuartos de palacio descubrieron telas de apariencia un poco acartonada por cuya superficie el agua resbalaba sin penetrar el tejido, también cuando vieron que con ese ulli o hule extraído de la Castilla elástica evitaban filtraciones en las canalizaciones o se hacían un zapato poniendo el pie en un enchastre de látex.
Sus mentes primitivas no habían sido bendecidas con la revelación del Verbo que aureolaba la cruz del Cristo, pero evidentemente sus dioses polimorfos no les escatimaban dones como tampoco la lucidez necesaria para aprovecharlos, de manera que también mezclaban el ulli con ciertas hierbas como la Ipomoea alba para darle una resistencia parecida a la que en Europa se lograría con la vulcanización bastante tiempo después. Y se cuentan historias sobre cómo sobrecogió a los portugueses un viajero vuelto del Brasil que exhibía maravillas tan extraordinarias. ¡Brujería! se escandalizaron y lo encarcelaron por firmar pactos de impermeabilización con Satanás.
A fines del siglo XVIII y principios del XIX se descubrió que con la goma se podía borrar lo que se escribía con lápiz. Fueron también varios los intentos en Inglaterra y Escocia de utilizar el caucho para impermeabilizar, apretándolo, en un principio, entre dos telas para no pegotearse los dedos al tocarlo, pero pasó a ser un artículo económicamente brillante cuando el señor Good Year, un día del año 1839 en que jugueteaba con los tubitos de su laboratorio, vino quizá no a descubrir pero sí a confirmar y perfeccionar la idea de que el caucho mezclado con selenio o con azufre resistía los cambios de temperatura, no se convertía en un pegote con el calor ni se ponía duro y quebradizo con el frío.
Así, por esas coincidencias que el caos que rige el universo combina justamente en un momento del devenir histórico, en 1846 Tohmson inventó las ruedas de cámara de aire y, a fin de siglo, cuando Ford puso el automóvil sobre la faz de la tierra, estaban dadas las condiciones para que el caucho se hiciera más que imprescindible en la vida cotidiana del hombre de la época, no de cualquier especie de hombre de la época, solo del hombre blanco.