domingo, 17 de enero de 2016

OPINION > LA REBELIÓN DE LOS JUDÍOS A proposito del aniversario del alzamiento del ghetto de varsovia

Por Elina Malamud Página 12 La primera Gran Guerra había terminado. Las potencias occidentales reacomodaban las fronteras de Europa, se repartían el Oriente ganado al Imperio Otomano y calculaban las reparaciones que exigirían a los vencidos, mientras relojeaban con ojos cautos los grupúsculos armados que se resistían a entregar las armas y que fueron el germen de las repúblicas nacionalistas surgidas en los años veinte al costado oeste de la nueva Rusia. Fue en esa época que Cyril Zeldman y su marido, Abraham Anilevich, llegaron desde Galitzia a Varsovia, con la mala suerte de que Cyril enfermó de tuberculosis. Así que, por recomendación de su médico, se mudaron a Wyszkow (pronúncielo como pueda), donde los pinos de los bosques cercanos ayudarían a su curación. Y allí vino a nacer, en algún momento de 1919, su hijo Mordejai Anilevich, un niñito flacucho y enclenque, quizá un tantito orejudo aunque nadie mencione el detalle. A la llegada de cada verano Mordejai hundiría, tal vez con delicia, los pies en la suave y fresca caricia de la alfombra de agujas verdes que los pinos dejaban caer en el suelo. Todavía no alcanzaba a oír la barahúnda trágica que produciría en la plaza del mercado cercana uno de los primeros grupos de judíos asesinados por los alemanes, en septiembre de 1939. De vuelta a Varsovia, los tiempos convulsos y las escaseces económicas que siempre favorecen la xenofobia y la discriminación, la persecución, la confiscación y la expulsión, eran la moneda corriente con la que convivían las minorías en Europa, toda Europa, pero a fines del siglo XIX y durante el XX se hicieron especialmente notables en el Este. La reacción de los judíos más jóvenes fue unirse a organizaciones que resguardaran sus derechos, les permitieran eventualmente defenderse de agresiones aisladas y pogroms o, finalmente, concretar el sueño de migrar a Palestina, proyecto de compleja raigambre, motorizado por intereses entremezclados hacia fines de los ochocientos. Mordejai Anilevich empezó uniéndose a Betar, la organización sionista fundada por Vladimir Jabotinsky bajo la admonición de Joseph Trumpeldor –voluntario del ejército ruso en la guerra contra Japón y rancio colaborador del ejército inglés en Palestina– quienes fueron, junto con Menajem Beguin, los verdaderos vencedores en la construcción del Estado de Israel, el origen de la derecha sionista. Pero pronto entendió que ese no era su lugar, por lo que decidió integrarse a los judíos socialistas de Hashomer Hatzair, en hebreo “el guardián de la colina”. Ellos lo vieron crecer como líder cuando avanzaban los años treinta, ya convertido en un muchachón fuerte y atrevido, decidido y atlético según lo pintan la mayoría de los escritos que circulan sobre su vida, en general profundamente pro sionistas y rabiosamente antisoviéticos. Y llegó el año 1939... La primera intención de Mordejai Anilevich ante la invasión nazi fue buscar alguna forma de salvación para su gente, ante la imposibilidad evidente de que el ejército polaco la detuviera. De manera que se dirigió con un grupo de compañeros hacia Rumania para abrir una vía por la que pudieran escapar a Palestina. Vano intento. Ya todos los caminos estaban cerrados para los judíos. Retornarían al ghetto. Nacida en el norte de la península itálica, la palabra ghetto podría ser, entre tantas otras opciones, una reducción del borghetto, el pequeño burgo, el barrio de la ciudad donde se recluía a los judíos, cuyas puertas se cerraban de noche, especialmente a partir del siglo XVI cuando empezaron a llegar en masa, expulsados de España y de los territorios que Aragón dominaba en el sur de Italia. La segunda Gran Guerra le agregaría evocaciones diferentes. Cuando los alemanes llegaron a Varsovia revivieron la antigua idea del ghetto. En medio de la tragedia, el submundo de la supervivencia hacía espacio al desarrollo de las más pequeñas o más profundas miserias humanas de los que sólo vivían el presente de una salvación diaria comerciando desde una papa hasta la vida de los otros, al precio de su propia dignidad. El Consejo Judío, los policías judíos que por un lado harían la vista gorda ante los cotidianos subterfugios que permitían la supervivencia, por el otro se dedicarían a cazar incautos para cumplir con la cuota de piezas humanas que debían entregar en el Umschlagplatz, primera estación en el camino al campo de exterminio de Treblinka, malandanza que les permitía un día más en el mundo de los vivos y el olvido intencional de la inevitable realidad de que todos, y ellos mismos, estaban destinados a dejar de ser. Ya había quedado claro que quien no moría en la calle por una bala o por hambre terminaba en los campos de la muerte. Mordejai Anilevich y su novia, Mila Fuchrer, en cambio, volvieron a Varsovia expresamente para quedarse en el ghetto. Iban a instalar la idea de resistir en grupo, sin dejar de estudiar y aprender, alegando en publicaciones clandestinas, negándose a responder a los llamados para presentarse a trabajar. A resistir por las armas, manteniendo el contacto con otros grupos insurgentes, que los hubo en esa larga guerra. Llamó a recluirse en escondrijos, en bunkers, en cloacas. Después de la deportación masiva de 1942 se unieron al grupo judío de combate conocido como ZOB, la Organizacja Bojowa. Cuando en enero de 1943 los alemanes intentaron un nuevo traslado de 30.000 judíos del ghetto, los guerrilleros salieron de sus bunkers, se mezclaron con el rebaño y atacaron a los alemanes empuñando las ralas armas que les había provisto la resistencia polaca, rescatando a varios miles que pudieron huir. Era un triunfo magro, pero se trataba de la lucha que daba sentido a lo que les quedaba por vivir. Yo nunca pensé en dedicarme a la historia de la Europa Oriental ni en ser referente de la cultura judía porque me crié en un barrio de Avellaneda, jugando en la calle con mis amigos de la cuadra, hijos y nietos de gallegos, tanos y catalanes, también de algún judío ruso o polaco y junto a mi vecina armenia, a quien recuerdo contándome en su media lengua, con ojos todavía cuajados de espanto, cómo había sido el primer aniquilamiento programado del siglo XX, que su pueblo sufrió a manos de los turcos –y cuyos cien años se recuerdan también en este mes de abril– mientras juntaba las hojas más tiernas de la parra que crecía en el patio de mi casa para cocinar su tolma. Pero un día descubrí que en la misma fecha en que yo celebraba mi fiesta de cumpleaños el mundo de la posguerra recordaba a Mordejai Anilevich liderando a los judíos del Ghetto de Varsovia en su rebelión desesperada. El 19 de abril, había sido noche de Pesaj, de Pascua judía, en el año 1943. Ese día los alemanes prepararon su furioso contraataque, la última deportación de los 30.000 judíos –de los quizá 400.000 que habían sabido ser– que aún quedaban en las calles semivacías del ghetto, pero se encontraron con la fiera resistencia de la guerrilla urbana judía que atacaba desde los bunkers y desde las casas donde ya no vivía nadie, hasta que los invasores decidieron incendiar los edificios y ya los combatientes no tuvieron escape. Por eso, cada celebración de mi cumpleaños convive, lado a lado, con la rememoración del levantamiento y no puedo dejar de rendirles mi homenaje público o privado. Después, el 8 de mayo de aquel año, murieron en su refugio de la calle Mila 18, diz que suicidados, Mordejai Anilevich, Mila Fuchrer y otros líderes de la ZOB. El 16 de mayo ya todo había terminado... En un extracto de la que se supone su última carta, dice el joven Mordejai Anilevich, que sólo tenía en ese momento veinticuatro años: “Es imposible poner en palabras lo que hemos pasado. Una cosa es clara, lo que aconteció excedió nuestros sueños más osados. Es imposible describir las condiciones en que viven los judíos del ghetto. Sólo unos pocos podrían mantenerse firmes. El resto morirá tarde o temprano. Su destino está decidido”. “Gracias a nuestro transmisor escuchamos un maravilloso reportaje sobre nuestro combate en la radio Shavit. El ser recordados más allá de las murallas del ghetto nos alienta en la lucha. Que la paz sea contigo, amigo. Quizá nos volvamos a encontrar.” Al rescatar esta historia no dudo de que también estarán conmemorando este 19 de abril los otros judíos, los sobrevivientes vergonzantes de las matanzas de la Segunda Guerra: Benjamin Netanyahu, Avigdor Lieberman y esa sociedad que mayoritariamente les renueva el poder, todos ellos negadores del genocidio palestino; Paul Singer y la bandada híbrida de halcones y buitres que lo acompaña; el pobre desgraciado de Alberto Nisman, sucumbiendo a sus veleidades y toda la cohorte de banqueros, empresarios y altos cargos de nuestras instituciones republicanas, judíos y gentiles, que cada año vienen a sentarse sobre los escombros de la AMIA y de la Embajada de Israel, con la esperanza de alargar infinitamente los tiempos de la Justicia. Compartir:

Por qué los judíos tenemos la culpa Por Elina Malamud *

Mi abuelo Morduch Gurewitsch era bolchevique. Quién sabe en qué momento de fin del siglo XIX o principios del XX se fue de Chechersk a Gomel para estudiar. Era la parte de Rusia en proceso de industrialización que hoy se llama Bielorrusia. Cambió su torá tan vapuleada por escritos prohibidos que hablaban de un mundo más justo y así fue que se vio comprometido en la revolución de 1905, simbolizada bellamente por Eisenstein en El acorazado Potemkin y en el cochecito de bebé que rueda infinitamente por las escaleras de Odessa. Se escapó del zar rumbo a Berna, ahí estudió bioquímica y partió después a Sudamérica, seguido por mi abuela, Malka Lifschitz, licenciada ella en letras eslavas. Me encantaría hacer un agujerito en el diploma de Morduch, que cuelga enmarcado en la pared de mi living, para espiar al otro lado del tiempo esas dos vidas suyas, la del militante que no fue como Pavel Vlásov, el romántico revolucionario de la novela de Gorki, y la del estudiante emigrado que arrastró su pobreza del Este, que tal vez se haya codeado con Rosa Luxemburgo y cuya tesis final en la Universidad de Berna me regodeo en encontrar una y otra vez en Internet: Ueber einige Amidoderivate der Schwefelsa”ure, Inaugural-Dissertation... von Morduch Gurewitsch, 1910. Como tantos migrantes del Este de Europa que en aquella época se largaban a Palestina, a Estados Unidos, al Brasil, a Inglaterra, a Argentina, llegaron a Buenos Aires por 1911, pero nunca abandonaron la ilusión de volver a participar en la gran avanzada que cambiaría el mundo. Los judíos socialistas del Bund en el que militó mi abuelo, según me explicaba Yeña, mi dulce idishe mame, imaginaban una sociedad futura igualitaria y sin explotados, en la que no existirían las fronteras nacionales y la única patria sería la clase trabajadora. En la izquierda de Poalei Tzión, en cambio, seguidora de Ber Borojov, consideraban que una historia común, una economía alejada de la producción primaria y un pasado lingüístico que los reunía conformaba a un grupo humano al que sólo le faltaba un territorio para constituirse como pueblo y ese territorio estaba en Palestina, donde deberían afincarse si querían recuperar su relato legendario y llevar la buena nueva de la revolución proletaria a los campesinos de Oriente Medio. No los juzgo. Sólo quiero contar cómo eran. Todos eran judíos socialistas que migraron como mi familia. Moisés Malamud, mi padre, nació a principios del siglo pasado cerca de Kishiniov, la capital de Moldavia, que en esa época se llamaba Besarabia y era también parte de la Rusia de los zares. Venía de una familia menos intelectual, más atada a la tradición religiosa y dispuesta a crecer en esa Argentina promisoria de leche y miel que fue refugio de emigrantes de toda la Europa del hambre, la persecución y la guerra. Mi abuelo Elías, un pobre mameligue alimentado a polenta, se vino a Buenos Aires antes de que empezara la guerra ruso-japonesa, a dormir de noche sobre el mismo mostrador en el que trabajaba de día, pero ya había progresado a kventenik –vendía “por su cuenta”– ofreciendo colchas de puerta en puerta, cuando toda su prole llegó a su encuentro. Hoy es una familia de doctores y comerciantes, estancieros y rentistas y hasta políticos que fragotearon con el general Bonnecarrére en los años convulsos que caracterizaron nuestro medio siglo y la caída del gobierno de Perón. Así y todo, Moisés se fue, recién recibido, a constituirse en el único médico del Dock Sud, en la época de Barceló y Ruggierito, donde atendió con la misma solicitud a laburantes y malandras; organizó una cooperativa de médicos en Avellaneda que pronto quedó en manos de los que querían transformarla en una clínica privada de médicos directores y médicos asalariados. Entonces, ya director del Hospital Fiorito, fundó la cooperadora que todavía existe, cuando creyó que, si las partidas no alcanzaban, era lícito pedir ayuda a las fuerzas vivas de la ciudad y hoy un pequeño busto, en el patio del hospital, recuerda su trayectoria. Así fue, así es mi familia judía. Así como esos vecinos que fundan un club de barrio para reunirse a bailar pasodoble, tango y cumbia, a jugar al truco, a rifar una bicicleta para construir la canchita donde ellos y sus hijos puedan ejercitar algún deporte, terminan cooptados por las millonadas obscenas de los traficantes de jugadores de fútbol, así también la mutual judía y la delegación de entidades judías, herederas de la primera cooperativa agrícola de Sudamérica fundada en 1890, en la sinagoga de piso de ladrillo de Basavilbaso, continuadoras del Bund y del teatro IFT, hoy están en manos de empresarios y rabinos que tejen sus negocios y sus políticas pro israelíes, programan la currícula de la educación comunitaria, deciden quién es suficientemente judío y quién no lo es para morir su eternidad en los cementerios que ellos administran... votados por ellos mismos. Y la culpa es mía, es nuestra, nuestra de todos los judíos que priorizamos la vida ciudadana y no nos sentimos llamados a actuar en el seno de nuestra minoría étnica. Somos cientos de miles los judíos y judías argentinos y argentinas que no hemos sido obligados a continuar nuestra infancia y juventud en la colonia de verano de Summerland, ni a remar en Hacoaj, ni a jugar al vóley en Macabi, ni a hacer vida cultural en Hebraica, ni a ir a la sinagoga porque no creemos en la existencia de dios, ni a mandar a nuestros hijos al colegio Weitzman ni al Wolfsohn, ni nos hemos casado con un buen judío sino con un compañero de la facultad o de la militancia o con el hermano de una amiga del barrio que no profesaba nuestra religión ni tenía la misma historia del templo arrasado pero compartía nuestros ideales y nuestra esperanza de un mundo más justo. Somos cientos de miles los judíos y judías argentinos y argentinas que no estamos representados por la AMIA y la DAIA, que no comulgamos con las dirigencias israelíes, que lamentamos la derechización de una sociedad que se olvidó del kibutz y de los motivos que llevaron a sus antepasados a Palestina, y nuestras organizaciones comunitarias no tienen por qué convertirnos en sus adláteres, en sus defensores, en sus cómplices. Somos los que queremos una Palestina sin territorios ocupados, donde nadie se crea superior ni explote al otro y una dirigencia independiente que no pretenda colocar a nuestra minoría en un estamento ideológico que no le corresponde, porque los judíos somos muchos y pertenecemos a corrientes políticas diversas. Es así que esos judíos deberíamos haber tenido una participación más activa en las instituciones comunitarias, o quizá, aún estemos a tiempo de crear otras nuevas en las que la diversidad de pensamiento y una visión del mundo más amplia no nos recluyan en estructuras manoseadas por miserias locales, mezquindades empresariales e intereses globales. Los judíos debemos hacer el mea culpa y recuperar el espíritu solidario de los fundadores de estas instituciones hoy cuestionadas, pensando en sus mutuales, en sus cooperativas y en los grandes hombres y mujeres de nuestra etnia que dedicaron su vida a la lucha por un mundo mejor y que ya han sido vastamente nombrados en los varios artículos que tantos judíos hemos publicado últimamente en los medios. * Escritora y periodista.