La madera que llora, tal como llamaban los indios mainas a ese árbol que sabía sangrar su savia blanca y lechosa, allá por los bordes del río Marañón, fue una de las dos causas que directa o indirectamente trajeron a Percy Harrison Fawcett a América del Sur y lo amarraron a la Amazonía. Caa le decían a la madera, ochu decían para decir llorar y caucho se llamó para siempre la goma resinosa que habitaba la selva americana en el hevea brasiliensis, pero que floreció -a costa del trabajo esclavo de quienes la habían custodiado durante siglos o milenios- a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX. Y no solo lloró, la madera, sino que también los hizo llorar.
Los aztecas y los mayas ya lo conocían de modo que
¡Pardiez! exclamó Hernán Cortés, atónito, cuando los vio jugar a la pelota - una pelota raramente ágil - corriendo de un lado a otro de la cancha para tratar de embocarla en un anillo de piedra, con cualquier parte del cuerpo que no fuera las manos o los pies. Menudo trabajo les daba lograrlo de manera que el partido duraba varios días y los jugadores se iban turnando, siempre siete contra siete tras una pelota de caucho que ya estaba nombrada en el Popol Vuh.
Hostias ¿habéis visto cómo salta la bola? comentarían los conquistadores que tuvieron el lujo de presenciar, por primera vez en la historia del occidente vencedor, el uso particular que se daba a una sustancia para ellos desconocida. Pero el asombro no paró ahí porque en la intimidad de los cuartos de palacio descubrieron telas de apariencia un poco acartonada por cuya superficie el agua resbalaba sin penetrar el tejido, también cuando vieron que con ese ulli o hule extraído de la Castilla elástica evitaban filtraciones en las canalizaciones o se hacían un zapato poniendo el pie en un enchastre de látex.
Sus mentes primitivas no habían sido bendecidas con la revelación del Verbo que aureolaba la cruz del Cristo, pero evidentemente sus dioses polimorfos no les escatimaban dones como tampoco la lucidez necesaria para aprovecharlos, de manera que también mezclaban el ulli con ciertas hierbas como la Ipomoea alba para darle una resistencia parecida a la que en Europa se lograría con la vulcanización bastante tiempo después. Y se cuentan historias sobre cómo sobrecogió a los portugueses un viajero vuelto del Brasil que exhibía maravillas tan extraordinarias. ¡Brujería! se escandalizaron y lo encarcelaron por firmar pactos de impermeabilización con Satanás.
A fines del siglo XVIII y principios del XIX se descubrió que con la goma se podía borrar lo que se escribía con lápiz. Fueron también varios los intentos en Inglaterra y Escocia de utilizar el caucho para impermeabilizar, apretándolo, en un principio, entre dos telas para no pegotearse los dedos al tocarlo, pero pasó a ser un artículo económicamente brillante cuando el señor Good Year, un día del año 1839 en que jugueteaba con los tubitos de su laboratorio, vino quizá no a descubrir pero sí a confirmar y perfeccionar la idea de que el caucho mezclado con selenio o con azufre resistía los cambios de temperatura, no se convertía en un pegote con el calor ni se ponía duro y quebradizo con el frío.
Así, por esas coincidencias que el caos que rige el universo combina justamente en un momento del devenir histórico, en 1846 Tohmson inventó las ruedas de cámara de aire y, a fin de siglo, cuando Ford puso el automóvil sobre la faz de la tierra, estaban dadas las condiciones para que el caucho se hiciera más que imprescindible en la vida cotidiana del hombre de la época, no de cualquier especie de hombre de la época, solo del hombre blanco.
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Hace 16 años

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