Hoy en el parque todos los jacarandás estaban florecidísimos. Era una sensación lila que te hacía flashes aún desde la vereda del otro lado de la avenida. Y como anoche llovió, todas las florecitas que cayeron formaron una alfombra alrededor de cada árbol, suave y lisa como de gasa y piqué también lila toda lila toda lila. Los ceibos de la barranca que baja a Paseo Colón también están florecidos. Con los dejos húmedos de la lluvia de anoche y el cielo nublado que no permite que el sol iguale los colores, los rojos y los verdes brillan con un montón de matices y los pétalos furibundos del ceibo salpican en derredor.
Los sin techo están sentados en los bancos con sus botellas, acomodando sus bártulos. Me pregunto, como lo hago siempre, cómo se acomodarán en las noches de lluvia. Las señoritas de la iglesia del séptimo día con sus vestidos monjilaicos y los señores también del séptimo día con sus sacos de publerino endomingado circulan al ataque agarrados a sus revistas y a la palabra de dios. Todos los mismos domingos siento las mismas ganas de pedirles que larguen a dios y se sienten a comer un asadito, a franelear con el señorito de saco encasquetado y que en vez de bajar el evangelio se suban un poco la pollerita y se pongan a bailar. Claro que siempre también pienso que la iglesia es el lugar donde hacen sociales y consiguen novio.
Terminó la vuelta por el parque y le digo a Héctor qué bella es la alfombra lila. Nunca la había visto. Héctor dice que todos los años es igual. Yo siempre he visto a los sin techo y a los predicadores de traje oscuro, pero nunca me había dado cuenta de que había una alfombra tan bella alrededor de los jacarandás. Será que es más linda por la lluvia o a lo mejor recién ahora a mis sesenta dos estoy aprendiendo a ver los colores claros de la vida.
Qué cosa, ¿no?
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