viernes, 14 de noviembre de 2008

PUERTO RICO: la última colonia

Paradojas de las grandes democracias.

Es mediodía de enero en el Caribe. El sol no cae tan a plomo porque es invierno, única estación del año en que se puede visitar las tierras bajas del trópico sin odiarlas porque las mañanas y las tardecitas son frescas y dan un respiro a la opresión del calor, que se agrava, especialmente en Puerto Rico, por las vahadas calientes que exhalan los aires acondicionados y los escapes de los dos o tres o cuatro autos que sostiene una familia tipo en ese orgiástico desperdicio de energía en el que se solaza el Norte Imperial.
Vuelvo de la playa caminando por veredas a veces anchas a veces muy angostas, descaradamente soleadas y arrasadas de luz. En cada regreso me paro a decidir si cruzo la autovía que me separa de mi casa por el largo puente peatonal y tomo el camino de Villa Palmera o si sigo por la McLeary avenue, costeando los hotelitos coquetos donde se albergan los gringos que huyen del frío de Michigan y subo por la engolada avenida San Jorge, saludando a los morenos que vigilan las verjas automáticas de los altos condominios y ya reconocen mi sombrero a lo gringa loca, mis zapatillas sucias de arena y mi andar que no entona con la formalidad del barrio. Villa Palmera... McLeary avenue... No es casual mi dilema, sino más bien una ventana abierta al alma puertorriqueña, bombón de corazón afrolatino recubierta en gruesa capa de chocolate anglosajón desde que la isla fue invadida por los Estados Unidos de Norteamérica en 1898, diz que indignados/ofuscados por la explosión del Maine.
De todas maneras caminaré sola y no me chocaré con nadie que vaya apurado calle abajo. Nadie camina en Puerto Rico más que hasta la puerta del auto, como no sea por el puro deporte de pasear al perro a la orilla del mar. ¿Exageración? Sí, claro. Se exceptúa el aguatero moderno que, como en todas la playas del mundo, entona su “¡água-cervéza-guéitorei”! mientras remonta la arena con su pesada caja frigorífica, el morocho vendedor de pastelitos de jueyes – un cangrejo con destino inexcusable de relleno fritado- y ensaladas de mariscos que, con todo su negror embutido en blanquísimo y contrastante uniforme de cocinero, va y viene bajo el sol desplazando su estampa de remedos coloniales y aquel que tiene que viajar en guagua porque su status económico no le permite tener un carro - siquiera viejo, sin aire y sin equipo de audio - para cada miembro de la familia. Desde cualquier tapial un lagartijo me mira fijo. Es pequeño y delicado y no puedo resistir la constante tentación de acercarme y estirar un dedo para tocarlo, sabiendo de antemano que saltará como un resorte frágil una y otra vez hasta que, hastiado del juego, desaparecerá en alguna mata de las que pueblan esas veredas que nadie pisa.
Así es esta tierra que los indígenas taínos llamaban Borikén, porque abundaban los burukenas, cangrejos de río cuyo recuerdo persiste hoy en los diversos adjetivos y sustantivos que apelan al nacionalismo boricua y porque cuando se alejaban de la costa en sus embarcaciones – que llamaban piraguas en lengua taína- le veían también un cierto perfil de cangrejo.

Conozco al monstruo…

Iniciado el proceso de expansión capitalista del siglo XIX que llevó a varios países europeos a instalarse en África y el sudeste asiático, Estados Unidos puso sus ojos en el Caribe y, tal como ya lo habían querido los presidentes John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses Grant, hizo varios intentos de comprar territorios a la decadente España que hacía esfuerzos y concesiones para mantener sus últimas colonias. En ese marco un acorazado de la marina estadounidense, el Maine, entró muy ostentoso en la bahía de La Habana, un 25 de enero de 1898 sin los avisos previos que mandaba la cortesía diplomática y con el propósito de salvaguardar la vida de los habitantes estadounidenses en Cuba, tal vez amenazada por las inquietudes revolucionarias propias de la época. La noche del 15 de febrero de 1898 voló por el aire y todavía hoy se discute la causa de la explosión, aunque queden pocas dudas de que fue el pretexto que Estados Unidos necesitaba para acusar del estropicio a alguna mano isleña, española o insurrecta, atacar a Cuba e iniciar la guerra que ellos, en su idioma, llaman hispanoamericana. Y la prensa amarilla comandada por William Randolph Hearst, que ya era un verdadero Hearst, se ocupó de convencer a la opinión pública norteamericana de que era necesario intervenir en esas tierras de economías monopólicas, gentes analfabetas y señorones corruptos a fin de orientarlos hacia la vida democrática. La guerra no duró mucho tiempo: la armada estadounidense destruyó una flota española en Manila y otra en la batalla de Santiago de Cuba. Puerto Rico fue dominado en tres semanas y en octubre se firmó el tratado de París por el cual España acordó con Estados Unidos la futura independencia de Cuba y le cedió Puerto Rico, la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas y las Filipinas.
Tan preparada y pensada estaba la invasión a Puerto Rico que, según lo cuenta Samuel Silva Gotay en su libro Protestantismo y política en Puerto Rico 1898-1930, ya un mes antes del desembarco en la isla la Junta de Misiones Extranjeras de la Iglesia Presbiteriana llamó a una reunión con las otras iglesias protestantes ante “la necesidad de un entendimiento franco y mutuo (…) con respecto a la distribución más efectiva del trabajo de las diversas juntas misioneras (…)”, acordar sus zonas de influencia y repartirse la isla, mapa en mano.
(Mapa)
El general John Brooke llegó como gobernador militar para hacerse cargo del control político y administrativo, poner énfasis en la educación pública, que se impartiría en inglés, nuevo idioma oficial de la isla, y abrir el camino a la democracia y al progreso que implicaba atraer a los hijos de las rancias familias dirigentes a las escuelas religiosas, fundar la universidad de Puerto Rico, reverdecer el peso español reemplazándolo por el dólar americano, minar el tan católico hasta que la muerte los separe instaurando el divorcio, perseguir los juegos de azar y, con el tiempo, por qué no, llegados los años 20, prohibir las bebidas alcohólicas. La relativa autonomía que se le había arrancado a España en larga lucha guiada por líderes de la unidad antillana como José Martí, Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances – el médico de los pobres, Padre de la Patria en Puerto Rico - se fue a pique en medio de las ventiscas que ese año desató el huracán San Ciriaco.
Como explica el doctor José Milton Soltero Ramírez – casta de independentistas boricuas - durante la primera mitad del siglo XX Puerto Rico era un pueblo totalmente abandonado por los EEUU. Si bien la ley Jones de 1917 concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, la isla había sido tomada como botín de guerra, pasó a ser un territorio en manos del Congreso de los Estados Unidos sin ser por ello parte de los Estados Unidos y fue convertida en una jaula de oro a cuyos pájaros no se les prestaba el menor interés. Pero con esta ciudadanía, otorgada en medio de la Primera Guerra Mundial se evitaba romper la historia de que ningún imperio llevaba a pelear a sus guerras a los miembros de una colonia. Mientras tanto se permitía al liderato puertorriqueño interno que se entretuviera hablando, conversando y creyendo que deliberaban en una cámara de delegados que no tenía ninguna repercusión ni injerencia en la realidad de la isla, ya que gobernador y altos funcionarios eran nombrados por el presidente de los Estados Unidos.
¿Y qué era, realmente, Puerto Rico en esa primera mitad del siglo XX? – sigue razonando el doctor Soltero, gorgoteando sus erres guturalmente caribeñas, que suenan como jotas enojadas – sino la base carbonera para suplirle sus barcos al Imperio y mantener ojo avizor sobre la construcción del canal de Panamá, comenzada en 1903 y lograda tras muchos esfuerzos intrigantes de los Estados Unidos para defenestrar a la compañía francesa que había iniciado el proyecto cuando el istmo era colombiano y para apoyar la independencia y formación de un Estado panameño que estuviera dispuesto a venderle un pedazo de país. Y no solo la entrada a Panamá es Puerto Rico sino a todo el Caribe, a más de constituirse en frontera marítima con Venezuela… – agrega Soltero.
La producción agraria, de corte latifundista, estaba manejada por cuatro grandes corporaciones dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, que remplazó al café - la South Porto Rico Sugar, la Fajardo Sugar Company, la United Porto Rico Sugar Co y la Central Aguirre– a la que se agregaba el tabaco y los frutos menores. Es el tiempo de la miseria y la explotación, de las huelgas y protestas por las condiciones de trabajo y los bajos sueldos, del lamento borincano del jibarito – el campesino puertorriqueño – que va a la ciudad alegre va cantando así, diciendo así por el camino y que regresa, parafraseando el romántico cantar de Rafael Hernández, frustrado y triste porque no ha logrado vender nada en el mercado. Es tiempo de muertes violentas y acciones desesperadas sobre las que campea la figura trágica de Pedro Albizu Campos, el gran luchador por la independencia de Puerto Rico, el radical nacionalista que nunca transigió con el statu quo, que pasó muchos años de su vida en la cárcel donde, como forma de maltrato, fue expuesto a pruebas con emisiones radiactivas que quemaron su piel aunque no su alma, pero minaron miserablemente su salud.

La Segunda Guerra todo lo cambió

Nada de lo que pasa en Puerto Rico está descuadrado del tablero mundial de manera que los países que organizaron las Naciones Unidas le recordaron a Estados Unidos que era uno de los países que tenía una colonia que debía descolonizar. Más o menos paralelamente se asentaba en la isla la figura de Luis Muñoz Marín- cuyo nombre corona hoy la entrada del aeropuerto internacional - que trasegaba los caminos todavía tortuosos para hablar de yo a tú con el campesino simple bregando por la reforma agraria, las cooperativas agrícolas, la organización sindical, la promoción de las industrias y la necesaria infraestructura para que tales propuestas fueran posibles. Casualmente- o quizá no - los comienzos de la guerra fría provocaron los mismos pensamientos en la dirigencia estadounidense... Para hablar de este periodo me quito el sombrero playero, subo a la guagua, tiro una peseta (25 centavos de dólar) en el canastito y pregunto dónde tengo que bajarme. Con parsimonia colonial, cadencia caribeña y compromiso irrenunciable con mi itinerario todos los pasajeros opinan, aún el payador que, sentado en el asiento lateral de adelante, combina décimas de humor local con loas al amor de Jesús deja su guitarra para adjuntar su parecer y si además debería protegerme del sol con esa piel tan blanca y ahh la hija del cuñado de mi hermana se fue pa’Argentina mientras alguien se suma a la bullanga repiqueteando ritmos de bomba en el respaldo de algún asiento. Si quisiera podría plantear los temas que me ocupan en ese foro popular que rueda sobre la avenida Ponce de León y es seguro que llegaría a destino tan entretenida como informada. Pero voy en busca de un nuevo interlocutor.
En Río Piedras, en los confines del área metropolitana, un ambiente relajado de residencias de estudiantes y tertulias académicas rodea los húmedos jardines y los buildings modernistas de la Universidad de Puerto Rico, la UPR, la iu-pi-ar – para ir adentrándonos en la rara mixtura del bilingüismo isleño – la iupi como la llaman familiarmente los que la frecuentan. Allí la posmodernidad sin quererlo se solaza en el estudio de la identidad puertorriqueña, de su pasado hispano, de sus raíces africanas y sus resabios indígenas, anyway, cuídate, te llamo pa’trás (call you back). En la librería más sofisticada de la isla, su dueño, Alfredo Torres, descree del futuro de la lucha identitaria. La realidad es hoy y la preocupación es una economía sujeta a intereses extraisleños. Muñoz Marín consiguió para los ciudadanos de Puerto Rico el derecho a elegir sus propias autoridades, a tener su constitución y su delegado residente en el Congreso de los Estados Unidos, con voz pero sin voto así como la nueva condición político administrativa de estado libre y asociado que sigue siendo una figura colonial para Alfredo Torres. En 1952 el presidente Truman lanzó un programa de cuatro puntos cuya intención era fortalecer las áreas periféricas de los Estados Unidos que pudieran ofrecer resistencia a la Unión Soviética. En ese marco se le concedió a Puerto Rico mayor autonomía y empezaron a hacerse transferencias importantes de dinero para desarrollar hospitales, construir carreteras, fundar escuelas y una economía que era agraria se transformó en un proceso que caminó tan rápido que lo que a otros países les ha costado cien años, en Puerto Rico se hizo en cuarenta- suspira Torres- con las lógicas anomalías que ello implica. Acompañando este impulso al desarrollo económico llegaron las bases de la Marina para establecerse básicamente en la isla de Vieques y en Ceiba, al este de Puerto Rico. Allí se construyó Roosevelt Roads, que los americanos, con esa afectividad que los caracteriza, llamaron cariñosamente Roosey. En sus túneles resguardados por la protección natural de esa parte de la costa, los submarinos y aviones que patrullaron la guerra fría entraban o aterrizaban, le sacudían el polvo a los misiles con que custodiaban la paz en el mundo y se largaban otra vez al agua o al aire con tripulación descansada. Si había que volar algo en el mundo, eso era Puerto Rico – comenta el doctor Soltero con pasmosa imperturbabilidad retroactiva. La peligrosidad que implicaban los ejercicios militares en Vieques para la vida cotidiana y la salud de la población civil, motivaron protestas y acciones de desobediencia civil que lograron la erradicación de las bases a partir de 2003.
El paso de la economía agraria a una economía industrial la encaró Muñoz Marín con la operación que se llamó manos a la obra. Se instalaron fábricas que aprovecharon la materia prima local para producir botellas de vidrio para envasar ron, zapatos, ropa, cerámicos, una transformación radical que no contó con un plan de desarrollo integral autónomo, dependiendo siempre de la legislación de Estados Unidos o de necesidades coyunturales que empujaban proyectos de corto plazo. Durante los años sesenta y los setenta se desarrolló la refinación de petróleo en el área azul de Ponce a Cabo Rojo, pero cuando la legislación se acabó los inversionistas remontaron vuelo dejando como recuerdo un cementerio industrial. Lo mismo ocurre con las actuales industrias electrónicas y farmacéuticas consecuencia de una legislación de Estados Unidos que liberaba de impuestos a inversores que se establecieran en Puerto Rico. Tenían obligación, eso sí, de que el dinero circulara localmente en la banca, en hipotecas, con salarios reales. Sin embargo esa legislación también se eliminó y eso provocará una debacle en la región. Muchas plantas han cerrado para correr a instalarse en México o en Dominicana donde la mano de obra es mucho más barata. Y nadie pensó un sustituto para la economía de Puerto Rico. La agricultura es débil, lo que en una isla es serio porque se depende de importar alimentos. Entonces comienza a haber subsidios en alimentación, en casa, en cupones, por lo que, para la gente pasa a ser mejor no trabajar que trabajar o hacerlo en una economía informal – pone punto final Alfredo Torres.
En términos políticos, desde 1952 el Partido Popular Democrático propone mantener la condición de estado libre y asociado sacándole pequeña ventaja al Partido Nuevo Progresista que, un poco más a la derecha, propugna la estatidad definitiva de manera que Puerto Rico pase a ser la estrella número cincuenta y uno de la bandera de Estados Unidos. El Partido Independentista, que alcanza apenas un cinco por ciento en las elecciones generales, brega por lograr para Puerto Rico lo que nunca pudo ser en la memoria de la historia escrita: un país independiente. Hmm. Diferentes miradas calibran la calidad estratégica del status de la isla. Decía el Che Guevara cuando representó a Cuba en Punta del Este que Puerto Rico era el fiel de la balanza, que en Puerto Rico se decidía la justicia y la injusticia, que en Puerto Rico se decidía la libertad o no libertad de América Latina.
Ya anochece cuando regreso de Río Piedras. No lo noto por la oscuridad que baja sino por el canto de los coquí - cóoquíí, cóoquííí – los sapitos mascota que identifican a la isla, el souvenir irrenunciable que puebla toda valija que va de salida en versión muñequito de felpa, sonriendo en un jarrito o en colgante de plata. Un gallo chiquito, colorado y morrudo camina con andar amenazante por detrás de una verja. Quiere pelea, porque en esta tierra borincana los reñideros no están prohibidos. En el Condado, el distrito metropolitano de los grandes hoteles, los autos avanzan en larga caravana por la avenida Ashford, y los turistas buscan un lugar donde cenar. En el casco capitalino del viejo San Juan los enormes cruceros vomitan gringos sonrosados con camisas coloridas, como siempre.
Eso eh así se dice en boricua para concluir, como lo dijo Raúl Juliá y seguramente lo dirán José Feliciano, Ricki Martín o Jennifer López… cuando hablan castellano.



Publicado en Hecho en Buenos Aires.