domingo, 17 de enero de 2016

OPINION > LA REBELIÓN DE LOS JUDÍOS A proposito del aniversario del alzamiento del ghetto de varsovia

Por Elina Malamud Página 12 La primera Gran Guerra había terminado. Las potencias occidentales reacomodaban las fronteras de Europa, se repartían el Oriente ganado al Imperio Otomano y calculaban las reparaciones que exigirían a los vencidos, mientras relojeaban con ojos cautos los grupúsculos armados que se resistían a entregar las armas y que fueron el germen de las repúblicas nacionalistas surgidas en los años veinte al costado oeste de la nueva Rusia. Fue en esa época que Cyril Zeldman y su marido, Abraham Anilevich, llegaron desde Galitzia a Varsovia, con la mala suerte de que Cyril enfermó de tuberculosis. Así que, por recomendación de su médico, se mudaron a Wyszkow (pronúncielo como pueda), donde los pinos de los bosques cercanos ayudarían a su curación. Y allí vino a nacer, en algún momento de 1919, su hijo Mordejai Anilevich, un niñito flacucho y enclenque, quizá un tantito orejudo aunque nadie mencione el detalle. A la llegada de cada verano Mordejai hundiría, tal vez con delicia, los pies en la suave y fresca caricia de la alfombra de agujas verdes que los pinos dejaban caer en el suelo. Todavía no alcanzaba a oír la barahúnda trágica que produciría en la plaza del mercado cercana uno de los primeros grupos de judíos asesinados por los alemanes, en septiembre de 1939. De vuelta a Varsovia, los tiempos convulsos y las escaseces económicas que siempre favorecen la xenofobia y la discriminación, la persecución, la confiscación y la expulsión, eran la moneda corriente con la que convivían las minorías en Europa, toda Europa, pero a fines del siglo XIX y durante el XX se hicieron especialmente notables en el Este. La reacción de los judíos más jóvenes fue unirse a organizaciones que resguardaran sus derechos, les permitieran eventualmente defenderse de agresiones aisladas y pogroms o, finalmente, concretar el sueño de migrar a Palestina, proyecto de compleja raigambre, motorizado por intereses entremezclados hacia fines de los ochocientos. Mordejai Anilevich empezó uniéndose a Betar, la organización sionista fundada por Vladimir Jabotinsky bajo la admonición de Joseph Trumpeldor –voluntario del ejército ruso en la guerra contra Japón y rancio colaborador del ejército inglés en Palestina– quienes fueron, junto con Menajem Beguin, los verdaderos vencedores en la construcción del Estado de Israel, el origen de la derecha sionista. Pero pronto entendió que ese no era su lugar, por lo que decidió integrarse a los judíos socialistas de Hashomer Hatzair, en hebreo “el guardián de la colina”. Ellos lo vieron crecer como líder cuando avanzaban los años treinta, ya convertido en un muchachón fuerte y atrevido, decidido y atlético según lo pintan la mayoría de los escritos que circulan sobre su vida, en general profundamente pro sionistas y rabiosamente antisoviéticos. Y llegó el año 1939... La primera intención de Mordejai Anilevich ante la invasión nazi fue buscar alguna forma de salvación para su gente, ante la imposibilidad evidente de que el ejército polaco la detuviera. De manera que se dirigió con un grupo de compañeros hacia Rumania para abrir una vía por la que pudieran escapar a Palestina. Vano intento. Ya todos los caminos estaban cerrados para los judíos. Retornarían al ghetto. Nacida en el norte de la península itálica, la palabra ghetto podría ser, entre tantas otras opciones, una reducción del borghetto, el pequeño burgo, el barrio de la ciudad donde se recluía a los judíos, cuyas puertas se cerraban de noche, especialmente a partir del siglo XVI cuando empezaron a llegar en masa, expulsados de España y de los territorios que Aragón dominaba en el sur de Italia. La segunda Gran Guerra le agregaría evocaciones diferentes. Cuando los alemanes llegaron a Varsovia revivieron la antigua idea del ghetto. En medio de la tragedia, el submundo de la supervivencia hacía espacio al desarrollo de las más pequeñas o más profundas miserias humanas de los que sólo vivían el presente de una salvación diaria comerciando desde una papa hasta la vida de los otros, al precio de su propia dignidad. El Consejo Judío, los policías judíos que por un lado harían la vista gorda ante los cotidianos subterfugios que permitían la supervivencia, por el otro se dedicarían a cazar incautos para cumplir con la cuota de piezas humanas que debían entregar en el Umschlagplatz, primera estación en el camino al campo de exterminio de Treblinka, malandanza que les permitía un día más en el mundo de los vivos y el olvido intencional de la inevitable realidad de que todos, y ellos mismos, estaban destinados a dejar de ser. Ya había quedado claro que quien no moría en la calle por una bala o por hambre terminaba en los campos de la muerte. Mordejai Anilevich y su novia, Mila Fuchrer, en cambio, volvieron a Varsovia expresamente para quedarse en el ghetto. Iban a instalar la idea de resistir en grupo, sin dejar de estudiar y aprender, alegando en publicaciones clandestinas, negándose a responder a los llamados para presentarse a trabajar. A resistir por las armas, manteniendo el contacto con otros grupos insurgentes, que los hubo en esa larga guerra. Llamó a recluirse en escondrijos, en bunkers, en cloacas. Después de la deportación masiva de 1942 se unieron al grupo judío de combate conocido como ZOB, la Organizacja Bojowa. Cuando en enero de 1943 los alemanes intentaron un nuevo traslado de 30.000 judíos del ghetto, los guerrilleros salieron de sus bunkers, se mezclaron con el rebaño y atacaron a los alemanes empuñando las ralas armas que les había provisto la resistencia polaca, rescatando a varios miles que pudieron huir. Era un triunfo magro, pero se trataba de la lucha que daba sentido a lo que les quedaba por vivir. Yo nunca pensé en dedicarme a la historia de la Europa Oriental ni en ser referente de la cultura judía porque me crié en un barrio de Avellaneda, jugando en la calle con mis amigos de la cuadra, hijos y nietos de gallegos, tanos y catalanes, también de algún judío ruso o polaco y junto a mi vecina armenia, a quien recuerdo contándome en su media lengua, con ojos todavía cuajados de espanto, cómo había sido el primer aniquilamiento programado del siglo XX, que su pueblo sufrió a manos de los turcos –y cuyos cien años se recuerdan también en este mes de abril– mientras juntaba las hojas más tiernas de la parra que crecía en el patio de mi casa para cocinar su tolma. Pero un día descubrí que en la misma fecha en que yo celebraba mi fiesta de cumpleaños el mundo de la posguerra recordaba a Mordejai Anilevich liderando a los judíos del Ghetto de Varsovia en su rebelión desesperada. El 19 de abril, había sido noche de Pesaj, de Pascua judía, en el año 1943. Ese día los alemanes prepararon su furioso contraataque, la última deportación de los 30.000 judíos –de los quizá 400.000 que habían sabido ser– que aún quedaban en las calles semivacías del ghetto, pero se encontraron con la fiera resistencia de la guerrilla urbana judía que atacaba desde los bunkers y desde las casas donde ya no vivía nadie, hasta que los invasores decidieron incendiar los edificios y ya los combatientes no tuvieron escape. Por eso, cada celebración de mi cumpleaños convive, lado a lado, con la rememoración del levantamiento y no puedo dejar de rendirles mi homenaje público o privado. Después, el 8 de mayo de aquel año, murieron en su refugio de la calle Mila 18, diz que suicidados, Mordejai Anilevich, Mila Fuchrer y otros líderes de la ZOB. El 16 de mayo ya todo había terminado... En un extracto de la que se supone su última carta, dice el joven Mordejai Anilevich, que sólo tenía en ese momento veinticuatro años: “Es imposible poner en palabras lo que hemos pasado. Una cosa es clara, lo que aconteció excedió nuestros sueños más osados. Es imposible describir las condiciones en que viven los judíos del ghetto. Sólo unos pocos podrían mantenerse firmes. El resto morirá tarde o temprano. Su destino está decidido”. “Gracias a nuestro transmisor escuchamos un maravilloso reportaje sobre nuestro combate en la radio Shavit. El ser recordados más allá de las murallas del ghetto nos alienta en la lucha. Que la paz sea contigo, amigo. Quizá nos volvamos a encontrar.” Al rescatar esta historia no dudo de que también estarán conmemorando este 19 de abril los otros judíos, los sobrevivientes vergonzantes de las matanzas de la Segunda Guerra: Benjamin Netanyahu, Avigdor Lieberman y esa sociedad que mayoritariamente les renueva el poder, todos ellos negadores del genocidio palestino; Paul Singer y la bandada híbrida de halcones y buitres que lo acompaña; el pobre desgraciado de Alberto Nisman, sucumbiendo a sus veleidades y toda la cohorte de banqueros, empresarios y altos cargos de nuestras instituciones republicanas, judíos y gentiles, que cada año vienen a sentarse sobre los escombros de la AMIA y de la Embajada de Israel, con la esperanza de alargar infinitamente los tiempos de la Justicia. Compartir:

Por qué los judíos tenemos la culpa Por Elina Malamud *

Mi abuelo Morduch Gurewitsch era bolchevique. Quién sabe en qué momento de fin del siglo XIX o principios del XX se fue de Chechersk a Gomel para estudiar. Era la parte de Rusia en proceso de industrialización que hoy se llama Bielorrusia. Cambió su torá tan vapuleada por escritos prohibidos que hablaban de un mundo más justo y así fue que se vio comprometido en la revolución de 1905, simbolizada bellamente por Eisenstein en El acorazado Potemkin y en el cochecito de bebé que rueda infinitamente por las escaleras de Odessa. Se escapó del zar rumbo a Berna, ahí estudió bioquímica y partió después a Sudamérica, seguido por mi abuela, Malka Lifschitz, licenciada ella en letras eslavas. Me encantaría hacer un agujerito en el diploma de Morduch, que cuelga enmarcado en la pared de mi living, para espiar al otro lado del tiempo esas dos vidas suyas, la del militante que no fue como Pavel Vlásov, el romántico revolucionario de la novela de Gorki, y la del estudiante emigrado que arrastró su pobreza del Este, que tal vez se haya codeado con Rosa Luxemburgo y cuya tesis final en la Universidad de Berna me regodeo en encontrar una y otra vez en Internet: Ueber einige Amidoderivate der Schwefelsa”ure, Inaugural-Dissertation... von Morduch Gurewitsch, 1910. Como tantos migrantes del Este de Europa que en aquella época se largaban a Palestina, a Estados Unidos, al Brasil, a Inglaterra, a Argentina, llegaron a Buenos Aires por 1911, pero nunca abandonaron la ilusión de volver a participar en la gran avanzada que cambiaría el mundo. Los judíos socialistas del Bund en el que militó mi abuelo, según me explicaba Yeña, mi dulce idishe mame, imaginaban una sociedad futura igualitaria y sin explotados, en la que no existirían las fronteras nacionales y la única patria sería la clase trabajadora. En la izquierda de Poalei Tzión, en cambio, seguidora de Ber Borojov, consideraban que una historia común, una economía alejada de la producción primaria y un pasado lingüístico que los reunía conformaba a un grupo humano al que sólo le faltaba un territorio para constituirse como pueblo y ese territorio estaba en Palestina, donde deberían afincarse si querían recuperar su relato legendario y llevar la buena nueva de la revolución proletaria a los campesinos de Oriente Medio. No los juzgo. Sólo quiero contar cómo eran. Todos eran judíos socialistas que migraron como mi familia. Moisés Malamud, mi padre, nació a principios del siglo pasado cerca de Kishiniov, la capital de Moldavia, que en esa época se llamaba Besarabia y era también parte de la Rusia de los zares. Venía de una familia menos intelectual, más atada a la tradición religiosa y dispuesta a crecer en esa Argentina promisoria de leche y miel que fue refugio de emigrantes de toda la Europa del hambre, la persecución y la guerra. Mi abuelo Elías, un pobre mameligue alimentado a polenta, se vino a Buenos Aires antes de que empezara la guerra ruso-japonesa, a dormir de noche sobre el mismo mostrador en el que trabajaba de día, pero ya había progresado a kventenik –vendía “por su cuenta”– ofreciendo colchas de puerta en puerta, cuando toda su prole llegó a su encuentro. Hoy es una familia de doctores y comerciantes, estancieros y rentistas y hasta políticos que fragotearon con el general Bonnecarrére en los años convulsos que caracterizaron nuestro medio siglo y la caída del gobierno de Perón. Así y todo, Moisés se fue, recién recibido, a constituirse en el único médico del Dock Sud, en la época de Barceló y Ruggierito, donde atendió con la misma solicitud a laburantes y malandras; organizó una cooperativa de médicos en Avellaneda que pronto quedó en manos de los que querían transformarla en una clínica privada de médicos directores y médicos asalariados. Entonces, ya director del Hospital Fiorito, fundó la cooperadora que todavía existe, cuando creyó que, si las partidas no alcanzaban, era lícito pedir ayuda a las fuerzas vivas de la ciudad y hoy un pequeño busto, en el patio del hospital, recuerda su trayectoria. Así fue, así es mi familia judía. Así como esos vecinos que fundan un club de barrio para reunirse a bailar pasodoble, tango y cumbia, a jugar al truco, a rifar una bicicleta para construir la canchita donde ellos y sus hijos puedan ejercitar algún deporte, terminan cooptados por las millonadas obscenas de los traficantes de jugadores de fútbol, así también la mutual judía y la delegación de entidades judías, herederas de la primera cooperativa agrícola de Sudamérica fundada en 1890, en la sinagoga de piso de ladrillo de Basavilbaso, continuadoras del Bund y del teatro IFT, hoy están en manos de empresarios y rabinos que tejen sus negocios y sus políticas pro israelíes, programan la currícula de la educación comunitaria, deciden quién es suficientemente judío y quién no lo es para morir su eternidad en los cementerios que ellos administran... votados por ellos mismos. Y la culpa es mía, es nuestra, nuestra de todos los judíos que priorizamos la vida ciudadana y no nos sentimos llamados a actuar en el seno de nuestra minoría étnica. Somos cientos de miles los judíos y judías argentinos y argentinas que no hemos sido obligados a continuar nuestra infancia y juventud en la colonia de verano de Summerland, ni a remar en Hacoaj, ni a jugar al vóley en Macabi, ni a hacer vida cultural en Hebraica, ni a ir a la sinagoga porque no creemos en la existencia de dios, ni a mandar a nuestros hijos al colegio Weitzman ni al Wolfsohn, ni nos hemos casado con un buen judío sino con un compañero de la facultad o de la militancia o con el hermano de una amiga del barrio que no profesaba nuestra religión ni tenía la misma historia del templo arrasado pero compartía nuestros ideales y nuestra esperanza de un mundo más justo. Somos cientos de miles los judíos y judías argentinos y argentinas que no estamos representados por la AMIA y la DAIA, que no comulgamos con las dirigencias israelíes, que lamentamos la derechización de una sociedad que se olvidó del kibutz y de los motivos que llevaron a sus antepasados a Palestina, y nuestras organizaciones comunitarias no tienen por qué convertirnos en sus adláteres, en sus defensores, en sus cómplices. Somos los que queremos una Palestina sin territorios ocupados, donde nadie se crea superior ni explote al otro y una dirigencia independiente que no pretenda colocar a nuestra minoría en un estamento ideológico que no le corresponde, porque los judíos somos muchos y pertenecemos a corrientes políticas diversas. Es así que esos judíos deberíamos haber tenido una participación más activa en las instituciones comunitarias, o quizá, aún estemos a tiempo de crear otras nuevas en las que la diversidad de pensamiento y una visión del mundo más amplia no nos recluyan en estructuras manoseadas por miserias locales, mezquindades empresariales e intereses globales. Los judíos debemos hacer el mea culpa y recuperar el espíritu solidario de los fundadores de estas instituciones hoy cuestionadas, pensando en sus mutuales, en sus cooperativas y en los grandes hombres y mujeres de nuestra etnia que dedicaron su vida a la lucha por un mundo mejor y que ya han sido vastamente nombrados en los varios artículos que tantos judíos hemos publicado últimamente en los medios. * Escritora y periodista.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

FÉLIX DÍAZ

El lunes 21 de noviembre fue la conferencia de prensa de Félix Díaz, leader de la comunidad qom La Primavera de la provincia de Formosa.
Acompañado por leaderes de Formosa, Chaco, Salta y Patagonia, Félix refundó su esperanza de que los acuerdos concertados que, por el momento, no son más que anhelos incumplidos, se plasmen en acciones concretas.

domingo, 6 de febrero de 2011

AL INDIO LO QUE ES DEL INDIO


Elina Malamud

El propósito de esta nota es hacer evidente la existencia de un mundo distinto del que consideramos nuestro, del que gira alrededor de los que vinimos del Este, del otro lado del Océano … un mundo que se asienta sobre la misma tierra que todos pisamos, pero cuyas gentes, que hemos dado en llamar originarios o aborígenes, o indios o indígenas, constituyen las naciones preexistentes; ¿preexistentes por qué? porque ya eran los de aquí, los que aquí plantaban su maíz, su mandioca y sus frijoles, su jitomate y su papa y unos construían sus templos de piedra, observaban el andar de las constelaciones y remendaban sus acequias con la goma del caucho mientras otros cazaban sus tapires, pescaban y recolectaban con el permiso de sus dioses, todo a la sola velocidad que les permitían sus pies… cuando llegó la patota monoteísta y predadora de Cristóbal Colón.
Ellos nombran a los seres y las cosas con otras palabras forjadas en una historia paralela y moldearon su pensamiento con el aliento de dioses diferentes. Sus costumbres sociales y familiares se fundan en códigos mixtos, heredados de una Indoamérica milenaria y forzados por cruces y espadas durante quinientos años y piensan a sus antepasados y a los hijos de las generaciones que vendrán según cosmogonías impensables para la mayoría de los lectores de esta revista. Sus conceptos sobre qué es poseer y qué se puede intercambiar con otras personas o con otras comunidades se basan en normas inspiradas por otras lógicas del lucro y no entra en sus cabezas que la tierra que sustenta la vida sea un bien apropiable, comerciable o enajenable. Sus niños nunca aprendieron a jugar al patrón de la vereda hasta que Roca les enseño que su pradera, su bosque o su desierto podían tener un valor contante y sonante.
Entre ese concierto de naciones hemos elegido hablar del pueblo qom porque, en estos últimos meses, una de las comunidades que lo integran tomó la decisión de plantar en Buenos Aires el escenario de los conflictos que los desentendimientos culturales y legales -que vengo citando en esta página- les generaron, de manera que todos los que han vivido al margen de su existencia y de sus derechos tengan ante las narices a los que hasta ahora fueron invisibles.
Los Qom se llaman a sí mismos Qom, pero hasta ahora los conocíamos con el nombre más general de Toba que les fue dado por los guaraníes. Los Qom tenían la costumbre de raparse por arriba de la frente, de manera que los guaraníes, quizá de manera afrentosa, irónica o simplemente descriptiva los llamaron algo así como los Cara, ya que eso significa la palabra tobá en la lengua guaraní. Tal vez como si rebuscando en las posibilidades de nuestro castellano dijéramos los frentudos o los carotas. Los quechuas los ubicaron entre los salvajes, es probable que Diego de Almagro o el desgraciado Juan de Ayolas se hayan cruzado con alguno de ellos o los hayan divisado desde lejos.
Además del catarro, la viruela y la ansiedad de la acumulación capitalista, aquellos esbirros del pecado de ambición que se apoderaron del continente americano en el siglo XVI, compensaron con el aporte de ciertos bienes tangibles e intangibles que algunos consideran beneficiosos como la unidad de la lengua castellana o ese bello animal llamado caballo. Indemnizaran dichos bienes o no los males provocados, el caso es que ya en el siglo XVIII los chaqueños originarios, a pesar de los inconvenientes que les presentaba el monte que habitaban, adoptaron y adaptaron el caballo a su vida montuna y su etnia de jinetes altos y bien plantados extendió su dominio desde Tarija y el oeste salteño, a lo largo del Pilcomayo y el Bermejo hasta el río Paraguay, llegando hasta la misma Santa Fe y resistiendo reciamente la presión del hombre blanco sobre su vida, su libertad, su historia y su cultura. Hasta que al Chaco le llegó su hora de entrar en el proyecto nacional…

Y no quedará ni el vestigio de sus huesos
Para Marcelo Valko, psicólogo dedicado a la investigación antropológica y profesor fundador de la cátedra “Imaginario Étnico, Memoria y Resistencia” en la Carrera de Derechos Humanos de la Universidad de las Madres, la situación actual del pueblo qom no está muy lejos de lo que fue la conquista del desierto chaqueño. A diferencia de la campaña en la pampa y la Patagonia que terminó hacia el año 1886 la conquista del Chaco continuó durante bien entrado el siglo XX en matanzas que serán aleatorias, azarosas, un matar por matar matizado con el arte de coleccionar partes de personas y habrá masacres emblemáticas como la de 1924 en Napalpí y la de 1947 en Formosa perpetrada por el escuadrón 18 de gendarmería en Las Lomitas donde asesinaron a entre 800 y 1500 wichís y pilagás. En general se trató de una campaña de aniquilamiento y castigo, de muertes punitivas, golpes de exterminio porque los indígenas sobraban en el proyecto nacional. Los wichis, los pilagás, los qom sobran y, en su caso particular, la provincia de Formosa –que está ahora sobre el tapete por el conflicto con los Qom- tiene una ventaja para los señores feudales y una desventaja para los ciudadanos que es su lejanía con respecto a Buenos Aires. A Formosa la ley no llega. La ley es del señor feudal que maneja todo. Ninguna de estas matanzas ha sido investigada, nunca se determinaron culpables y lo más terrible es que fueron invisibilizadas. No existieron, no existen en la historiografía oficial.
Los Qom tienen esa contra –sigue diciendo Valko- y la mayor contra es la del gobernador Insfran que está hace 23 años dirigiendo de un modo férreo una provincia limítrofe una provincia por donde pasa mucho contrabando.”
Cuando empieza el cultivo del algodón –explica Valko- los Qom, como otras comunidades indígenas, van a ser trabajadores golondrinas, trabajadores estacionales que van a ir de pronto a la zafra del algodón o a la zafra de caña de azúcar del lado salteño o jujeño. La tragedia de Napalpí ocurre porque ellos querían mejorar sus condiciones laborales, que eran de una esclavitud tremenda. Simplemente pretendieron irse porque les ofrecían más paga -misérrima obviamente también- del lado salteño o jujeño. Los hacendados no lo podían permitir y le dijeron al gobernador Centeno ‘esto es inadmisible, nos vamos a quedar sin braseros,’ de manera que a estos ciudadanos argentinos les prohibieron el libre tránsito por el país. La situación se puso tensa y, como en un acto de amor desesperado en la peor de las telenovelas mexicanas, los poderosos decidieron: o nuestros o de nadie, y ratatatatá, los masacraron. Así se produjo la matanza de Napalpí.

“Maten a ese indio de mierda”
Ya hoy es de público conocimiento y ha sido noticia en todos los diarios el conflicto que involucra a los Qom de la comunidad La Primavera, al gobierno de la provincia de Formosa y al terrateniente Celía por unas tierras que se le quitaron a la comunidad para ser donadas a la universidad. Después de muchos reclamos infructuosos, presiones y amenazas del gobierno provincial, los miembros de la comunidad se instalaron en la ruta 86 que atraviesa la provincia de Formosa como manera de llamar la atención y hacer visible su protesta al país todo. El 23 de noviembre la firmeza de los hermanos qom en su reclamo fue arrasada por la policía con el saldo de tres muertos, las casas de la comunidad incendiadas en un acto de puro vandalismo de Estado provincial con especial dedicación a la incineración de los documentos de identidad. “Maten a ese indio de mierda” es la frase que resonaba en los oídos de Félix Díaz, el líder comunitario, y de los que fuimos a escuchar su primera conferencia de prensa en Buenos Aires, cuando contaba cómo se defendió con su honda al estilo del David de la Biblia y salvó su vida escondiéndose en el monte. Su Goliat no fue derrotado y todavía lo espera.
Si uno se detiene a pensar sobre lo que pasó en esa matanza de La Primavera -reflexiona Marcelo Valko- ¿de qué estámos hablando? Estamos hablando de una disputa por 600 hectáreas, tierras deforestadas, sin agua, pero son sus tierras. Amancio, uno de los Qom que están acá en el acampe –agrega Valko, refiriéndose a la plazoleta de 9 de julio y Avenida de Mayo donde la comunidad originaria formoseña ha asentado sus carpas a la espera de una entrevista con la presidenta - me dijo que su papá, que murió a los 108 años, una vez lo llevó a una parte del bosque y le dijo “mirá m’hijo, acá está enterrado mi papá, acá está el abuelo del abuelo, acá está mi tío, nosotros tenemos miles y millones de años”, que es una expresión muy linda, no es un desacierto, porque da a entender esa larguísima pertenencia a la tierra donde tienen enterrados a sus muertos, mirá si la tierra no les va a pertenecer.
Y el conflicto es por 600 Has. Y en esa disputa va la policía cometiendo una serie de irregularidades, porque es policía provincial en una ruta nacional donde no tiene jurisdicción y además dispara y mata gente. El cacique Félix Díaz se salva porque se defiende a hondazos, algo casi medieval o, más lejos aún, remite a la lucha de David y Goliat; es maravillosa esa lucha, y ahí la policía va a hacer algo terrible, no solo les va quemar las casas sino que va a hacer algo muy simbólico: les va a quemar los DNI y la libretas de enrolamiento. Marcelo Valko lo entiende como acto simbólico sin pensar que la policía siquiera supiera que su acción tenía una sustancia alegórica. Simplemente los querían perjudicar para que no pudieran cobrar planes sociales, para que no pudieran demostrar su identidad en el banco, para que tuvieran que empezar a gestionarlos nuevamente porque sin ellos no pueden cobrar nada no pueden gestionar nada no pueden hacer nada. O sea, son ciudadanos NN, lo más parecido a un invisible. Un invisible… justamente el concepto que Valko desmenuza ya hace muchos años en su cátedra de la Universidad de las Madres con respecto a nuestro imaginario indígena.

Amancio
Entonces me siento, a la orilla del acampe, junto al Amancio citado por Valko, uno de los abuelos qom que llevan su vigilia en Buenos Aires, para conversar sobre sus vivos y sus muertos en aquella tierra lejana y calenturienta de Formosa. Amancio me mira apenas, pone sus ojos en algún punto no lejano al otro lado de la plazoleta, sonríe y asiente y ya. Los autos que pasan por el centro de la 9 de julio nos soban la espalda y la bulla me hace temer por la fidelidad de mi antiguo grabador Panasonic, pero entre nosotros se hace el silencio. Si yo no me despojara de mi ansiedad de periodista porteña pensaría que mi pregunta inicial se perdió en la penumbra de la tarde que cae y que la charla terminó antes de comenzar. Miro las willpalas que ondean atadas a los faroles, me llegan algunos sonidos de los raperos que traen su espectáculo para apoyar la movida y espero. La voz de Amancio viene cargada de tierra y pasado, de la traza genética de aquellos cazadores pescadores recolectores que todavía siembran en el mismo terruño que por cientos y miles de años recorrió su estirpe. Antes vivían de la comida del campo, del avestruz, del yacaré, del pescado, de la miel silvestre, eso era la vida y hoy es diferente. Tiene 67 años, es de clase 43 y bastante ha trabajado en la agricultura porque la chacra era su vida y a nadie se le ocurría dejarla para trabajar de empleado de la provincia.
La chacra produce solamente para el consumo del hogar. Maíz para las gallinas, porotos, mandioca, batata, hortalizas. Gallinas y cerdos, ovejitas para sustentarse. En la casa nunca falta el trabajo diario y si la deja un tiempo, viene mañana y hay cosas que no están en condiciones. Ahora está todo un poco abandonado por los tiempos que corren. Alcanza para el consumo cuando cuidamos. Agua: sacamos del pozo. No hay un pozo en cada chacra. Hay un pozo para todos. Hay que ir temprano porque a veces se baja el agua y ya no hay. A la fuerza hay que ir al estero de Laguna Blanca y arreglárselas con el agua que se pueda recoger. La gente trabaja hasta el mediodía y después se van al estero a pescar, a cazar nutria, carpincho, pato… pero ahora el estero pasó a pertenecer al parque nacional y hay que pedir permiso siendo que era nuestra tierra. Y además vino la soja y el veneno de la soja envenena la tierra, el agua, los yuyos, las plantas, todo lo que no es soja, afecta la producción de la chacra y la miel silvestre que nosotros usamos. Desaparece la abeja porque no tiene la flor de donde obtiene el néctar.
Y esta vuelta nosotros nos levantamos a protestar para defender la tierra que estamos utilizando porque durante los últimos cincuenta o cien años se va cada vez más achicando la tierra. Antes eran diez mil hectáreas y ahora son cinco mil que ya no están completas. Antes nos trataban como a los pioneros y ahora somos intrusos rebeldes y haraganes. Son nuestros derechos y siempre actuamos desde ese lugar porque ese lugar es nuestro. No hay otra manera de decir. Gracias Amancio.
Al respecto del relato de Amancio vale la pena citar un párrafo de la ponencia que los investigadores María del Rosario Fernández y Rodolfo Raúl Hachén de la Universidad Nacional de Rosario presentaron en Bruselas en el V Congreso Europeo CEISAL de Latinoamericanistas de 2007:
“El hombre toba puede pescar o cazar, pero no depredar ni hacer sufrir intencionalmente a los animales. La mujer puede recolectar, pero no debe dañar las plantas ni juntar más de lo que necesita. En ambos casos se debe invocar al Dueño –una deidad de su cultura- de la especie correspondiente para justificar la necesidad de la acción y no despertar su ira. Esta es la base del equilibrio ecológico que pone en juego la comunidad toba y que implica una explotación muy racional de los recursos naturales en el marco de una sociedad no acumulativa y respetuosa de lo sagrado.”

Cristo no te abandona
Su economía es de mera subsistencia –sigue explicando el profesor Valko- no logran tener lo que el marxismo llamaría una mínima acumulación originaria de bienes o capital para estoquear algo. Una mala cosecha es catastrófica y obliga a la migración, a la que se resisten, pero la situación los obliga. También la familia crece y la parcela de tierra sigue siendo la misma, de manera que el grupo, sistemáticamente expulsa a las personas, que se van a trabajar a las zafras o se urbanizan en los cordones más apartados, los más humildes, los más pauperizados que rodean las grandes ciudades como Roque Sáenz Peña, Resistencia, Rosario o Buenos Aires y desde ahí recuerdan y anhelan aquella infancia marisqueando en el estero, aunque fuera penosa en varios aspectos.
Son gente a la que se le ha sacado todo, se les ha quitado su cosmovisión, se ha intentado quitarles el idioma, les han metido religiones forzadas y su tradición oral y sus religiones ancestrales se han mixturado en un sincretismo con el cristianismo evangélico y pentecostal. Los investigadores de la Universidad de Rosario a que hicimos referencia más arriba encuentran que “el fenómeno más notorio de la crisis y declinación de la vieja cultura toba (...) es sin duda la constitución de una nueva fórmula religiosa” influida por los criterios de piedad y salvación y en la que la cosmovisión y la práctica religiosa ancestral se amalgaman con el esquema teológico pentecostal. No parece arbitrario atribuir los lazos que los imbrican a “la concordancia de los patrones conceptuales tradicionales de los Toba con la insistencia pentecostal en la literalidad de las afirmaciones bíblicas acerca de los demonios y de las curaciones prodigiosas, en las profecías apocalípticas, en la intimidad de la experiencia sagrada, en el valor positivo asignado a la liberación de las emociones y constricciones corporales y el trance extático… “

¿Soja mata indio?
Más allá de estas imágenes con las que describimos un panorama somero del conflicto de la Nación Toba, ellos están realmente en riesgo de vida porque la gobernación los tiene totalmente fichados y necesitan seguridad para volver a Formosa. Por eso es tan importante que autoridades de primer nivel, no de sectores intermedios, intervengan y de alguna manera sean un respaldo ante el gobernador Insfran, les den garantías de que pueden volver a su provincia, a su territorio, a su casa, sin que peligre su integridad física.
Apenas queda lugar para incluir la larga y rica charla que mantuve con Valentín Suárez, miembro de la comunidad qom de Riacho de Oro en el departamento Patiño de la provincia de Formosa y con la doctora en antropología Florencia Tola. El trabajo histórico antropológico de Tola en la provincia consiste en hablar con los más ancianos, con los cazadores, con los recolectores, con los pescadores para revelar qué territorio antiguo todavía siguen utilizando para la caza, recolección y pesca, como lugares en donde obtienen los recursos de sus medicinas tradicionales, a donde los chamanes van a buscar poderes espirituales de conexión con los seres no humanos, donde hay cementerios o antepasados enterrados. Si uno hace una genealogía de los habitantes actuales –explica Florencia Tola- se da cuenta de que desde 1870, por lo menos, los aborígenes habitaban esa zona y hay huellas en el espacio. De esta manera las comunidades recibirán una información escrita de su historia, de la historia de los topónimos, para que, el día de mañana, cuando se haga el relevamiento territorial que manda la ley 16 160 a fin de delimitar la propiedad de las comunidades indígenas sobre sus tierras, ese material será una fuente imprescindible para informar a los técnicos que no solo la pequeña fracción de tierra en la que están viviendo y en la que tienen su chacra debe ser reconocida dentro de la titularización sino todo ese territorio ancestral que actualmente usan y que tradicionalmente ocuparon porque recordemos que los tobas, como la mayoría de los grupos chaqueños, eran cazadores recolectores nómades que utilizaban un gran territorio para su subsistencia.
Nosotros entendemos – agrega Valentín Suárez – que si se hace correctamente el relevamiento como dice la ley y para que las comunidades sean respetadas, no solo debe ser encarado teniendo en cuenta esas investigaciones sino que los representantes comunitarios intervinientes deben ser los elegidos por las asambleas de las propias comunidades –como lo fue Félix Díaz- y no nombrados dedocráticamente por las instituciones del Estado.
No quiero dejar de citar las palabras expresadas por Cristina Kirchner durante su estancia en Turquía en enero pasado, que resumen aspectos de un ideario común a los gobiernos de los países latinoamericanos que han iniciado, en la primera década del siglo, un camino nuevo, propio, independiente, audaz y despojado del peso de tradiciones estructurales opresivas e inciviles, cuando habló de “… una oportunidad para cambiar los modelos económicos tradicionales por un orden global diferente, más justo, más equitativo, más igualitario, para tener una verdadera paz y seguridad mundial” que no dudo es la vocación real del proyecto en el que avanza el país.
Paradójicamente una parte importante de nuestros desarrollos económicos se centran en la producción y exportación de commodities a gran escala que en su combinación de monocultivo, agrotóxicos, apropiación y utilización abusiva de recursos hídricos afecta el ambiente hasta el grado de amenazar el futuro del planeta. Los pueblos indígenas y los pequeños campesinos son los directos afectados no solo porque las fronteras agrarias y de producción hidrocarburífera y minera avanzan ilegalmente sobre sus territorios ancestrales sino porque la continuidad de su subsistencia está amenazada por la rapiña, la depredación, la desertificación, la contaminación. Si es necesario sacrificar sus vidas en aras de un paradigma económico tecnológico que nos provea de bienestar, cabe preguntarse a quién beneficia dicho paradigma y si hay argentinos de primera clase a quienes reditúa y compatriotas de segunda, los desheredados de siempre, los excluidos por todos los sistemas, los marginales de la historia que seguirán siendo aplastados por las topadoras del así llamado progreso. En todo caso los pueblos originarios deben exigir al Estado y a la sociedad la elaboración conjunta y consensuada de una propuesta común que recoja su historia y defina su lugar en el proyecto nacional.

viernes, 28 de enero de 2011

Al indígena lo que es del indígena

Adelanto un párrafo de la nota sobre la Nación Qom que publicará "Hecho en Buenos Aires" con mi firma el 1º de febrero.

(...)"Ellos nombran a los seres y las cosas con otras palabras forjadas en una historia paralela y moldearon su pensamiento con el aliento de dioses diferentes. Sus costumbres sociales y familiares se fundan en códigos mixtos, heredados de una Indoamérica milenaria y forzados por cruces y espadas durante quinientos años y piensan a sus antepasados y a los hijos de las generaciones que vendrán según cosmogonías impensables para la mayoría de los lectores de esta revista. Sus conceptos sobre qué es poseer y qué se puede intercambiar con otras personas o con otras comunidades se basan en normas inspiradas por otras lógicas del lucro y no entra en sus cabezas que la tierra que sustenta la vida sea un bien apropiable, comerciable o enajenable. Sus niños nunca aprendieron a jugar al patrón de la vereda hasta que Roca les enseño que su pradera, su bosque o su desierto podían tener un valor contante y sonante."

sábado, 19 de junio de 2010

Toromonas, la Arcadia amenazada


Elina Malamud

Conocí al periodista Pablo Cingolani – definirlo periodista es desconsiderar su condición de historiador, de romántico aventurero, de poeta fecundo, de humanista francotirador, de luchador impertérrito y académico honoris et populorum causa – lo conocí, digo, gracias a Tarano.
... mi querido Tarano... me escribía Cingolani y lo hacía como si recordara a un compinche de la escuela secundaria o a un profesor sabio y cachazudo o, a veces, como si él mismo fuera un viejo chamán que nombrara a un discípulo aventajado. Era que Tarano se había anticipado algunos siglos, como un profeta no creído, para anunciar los cataclismos que intentarían desguasar la selva trescientos años después de su epopeya.

Tarano era un indio encabritado e indómito de la etnia toromona que soliviantó a las naciones selvícolas de lo que hoy es la Amazonía cuando las primeras expediciones españolas se internaron en los bosques húmedos de las tierras bajas ya avanzado el siglo XVI. Era poderoso e inteligente, valiente y gran estratega, independiente en su alma y en su mente y si nadie que lo haya visto escribió una tal descripción como para considerarla válida, me regocijo en inventarla.
Muerto de curiosidad y de celos por mi vinculación con el susodicho Tarano y por que hubiera osado escribir sobre él, Cingolani fatigó los caminos de Internet hasta que logró ponerse en mi camino

Todos somos Toromonas... hoy más que nunca Toromonas... salvemos a los Toromonas son las frases que sembraba Pablo Cingolani en los grupos cibernéticos que yo frecuentaba y en los periódicos digitales que leía preguntándome, en ese entonces, qué eran o quiénes, los Toromonas. Inventemos la República Toromona – proponía – soñando un país de suelo moldeable y caminos líquidos, de dimensiones humanas y leyes consuetudinarias, de alimentos sanos y orinales abstractos donde no existiera la crítica literaria y el arte fuera herramienta de la vida, donde no se conocieran las argucias de la economía del dinero, ni sirenas que cantaran publicidades tramposas, ni la sobre explotación de los recursos naturales; una nación sin botellas de plástico ni desechos radiactivos ni microbios de la gripe.

Los Toromonas son una etnia más de lengua tacana, que quién sabe hace cuántos miles de años habita la Amazonía. Tal vez sea cierto que hayan acogido al Inka que bajaba escapando de las tierras altas, ocupadas por los hombres que mataban con estruendo y también que le hayan guardado sus tesoros en el dorado Paititi, al que inmediatamente transformaron en un espejismo esquivo que todavía hoy atrae a los ambiciosos y a los locos a los pantanos de la desaparición, el misterio, la fama y la muerte. Para la historia fueron una nación profusa, rebelde y guerrera que defendió su territorio y echó con tal bravura al invasor blanco – según lo cuenta Álvarez de Maldonado en su Relación verdadera del discurso y subceso de la jornada y descubrimiento que hize desdel año de 1567 hasta el de 69” -que por trescientos años no se atrevió al volver.

Por trescientos años no se atrevieron a volver, excepción hecha de los misioneros que, unificada España ya sin judíos ni moros ni herejías, se largaron a extender más allá del mar ese, su cometido unificador, para comprimir al nuevo mundo en una sola cultura, una sola lengua, una sola religión, una sola economía para abatir todo tipo de diversidad que desagregara la verdad del Verbo.

Pero la historia de Sudamérica dio uno de sus vuelcos más trágicos cuando, en las últimas décadas del siglo XIX, la incipiente industria automotriz europea y estadounidense abrió su bocaza insaciable de caucho para fabricar neumáticos. La selva amazónica se convirtió en el gran proveedor de la materia prima necesaria y los visionarios emprendedores de Brasil, Bolivia, Perú y Colombia se abalanzaron sobre los árboles y los hombres del bosque húmedo para exprimirlos y desangrarlos tanto a unos como a otros y teñir los barros de sangre, terror, saña y angurria. Pueblos selvícolas enteros fueron eliminados, esclavizados o forzados violentamente a una vida de tormento. Los toromonas ya no pudieron enfrentarse al avance devastador y prefirieron huir, remontarse a las cabeceras lejanas de los ríos o internarse lejos de las costas, allá donde no llegara ningún camino líquido por donde el hombre blanco pudiera navegar para buscarlos. Nunca más se supo de ellos. Cuando la goma amazónica dejó de ser negocio, allá por los años veinte, los caucheros se fueron, pero quedaron los buscadores de oro y los recolectores de castañas, llegaron los madereros en busca de caoba, las petroleras, los narcotraficantes, los botánicos espías de los laboratorios piratas, los mercaderes de germoplasma y también los criadores de ganado y la agricultura extensiva.

¿Qué fue de los toromonas?¿Habrán logrado sobrevivir a la masacre que se está perpetrando en la Amazonía? ¿Seguirán su vida orgullosa y nómade selva adentro, más allá de lo conocido, en las orillas inaccesibles del río Colorado, tierras a las que nadie se atreve y que las comunidades asentadas comentan con temor reverente?

El tema hace que confluyan junto a Cingolani, en Toromonas, la lucha por la defensa de los pueblos indígenas aislados en Bolivia, el libro que saca a la luz profana la peculiar historia de este grupo humano, dos especialistas comprometidos con la selva y la causa indígena. El belga brasileño Vincent Brackelaire es sociólogo, antropólogo, explorador y consultor internacional independiente para la cooperación regional amazónica y con los pueblos indígenas mientras que Alvaro Díez Astete es boliviano, antropólogo, ex responsable de Pueblos Indígenas de la Representación Presidencial para la Asamblea Constituyente que fundó el Estado Plurinacional de Bolivia por la academia y escritor y poeta por la vida. Aunque centrado en Bolivia, lugar de residencia de Pablo Cingolani y Diez Astete, Toromonas…bosqueja la realidad de los últimos pueblos indígenas aislados, los “pueblos ocultos” como se ha dado en llamarlos en Ecuador o los povos isolados de Brasil, “pueblos en aislamiento voluntario y contacto inicial” según se los denomina en Perú o los “silvícolas” en Paraguay. Se trata de comunidades vulnerables – se consideran alrededor de sesenta grupos étnicos – que recorren las selvas de Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela y que las instituciones gubernamentales de esos países protegen con distintos grados de honestidad humanista, económica, política y cultural.

El libro también está dedicado a rendir homenaje al sertanista Sydney Possuelo, impulsor y ex dirigente, en Brasil, de la FUNAI (Fundación Nacional del Indio), ex director del Departamento de Tribus Desconocidas, promotor del Primer Encuentro Internacional sobre Pueblos Indígenas Aislados de la Amazonía y el Gran Chaco que se realizó en Belem do Pará en noviembre de 2005 y creador e instrumentador de la política que confiere a los indígenas amazónicos el derecho a no tener contacto con los hombres blancos. Todos los “ex” cargos de Possuelo honran su pelea por los derechos de los pueblos en aislamiento en la misma medida que los premios que ha recibido (Bartolomé de las Casas 1997, Héroe del Diálogo de la ONU 2001, Sociedad Geográfica Española 2003) ya que sus alejamientos no se deben a otro motivo que la defensa de las hectáreas de selva agua flora fauna y dignidad que necesitan estos pueblos para su supervivencia. Porque vale reflexionar qué es hoy en día un sertanista, más allá de un activista de la selva, un explorador de los mundos indígenas, un experto en derechos humanos, sino un señor de corazón a la vez tierno y agreste que vive y actúa de acuerdo a su profundo sentido de justicia.

Con ternura, creatividad, necesidad de justicia y proyección planetaria, los cuatro intelectuales implementan una visión profundamente humana de la sociedad que querrían para el planeta que habitamos. Cada uno representa esa rara avis que conjuga el saber académico, la investigación de campo, la sonrisa de incredulidad que burla los resortes burocráticos con el espíritu que busca conocer los conflictos, develar su esencia y llevar adelante acciones solidarias y liberadoras.

Muy al contrario de la intención unívoca de los misioneros católicos, de la hipocresía independentista de las repúblicas criollas y de la aculturación pretendidamente civilizatoria de los evangelizadores modernos, el libro surge del respeto por la diversidad, del apego a un mundo lleno de diferentes y a la convicción de que el conocimiento se genera abrevando en todas las fuentes, de manera que la investigación antropológica, las búsquedas de la geografía histórica, el relato periodístico, la reseña biográfica así como los textos legales conforman una visión multidisciplnaria del mundo toromona que deja planteados interrogantes y misterios, puertas que se abren a problemáticas parecidas que se dan no sólo en los rincones amazónicos y el Gran Chaco, sino también en otros no tan remotos sitios del planeta.

Los Toromonas son una etnia más de lengua tacana, pero Toromonas… los convirtió en el espejo donde se miran el Gran Capital, los graciosos protocolos de Kyoto, que los firma quien se le da la gana, y las burdas patrañas de las convenciones sobre cambio climático, donde se reparten algunos suculentos morlacos que les alcancen a los gobiernos del Sur para rascarse donde les pique un bosque. Los Toromonas, como los Pacahuaras o los Ayoreo, muestran, en la visión del libro, la contracara de nuestra nueva Arcadia de oropeles, posmoderna y neoliberal, es decir, angurrienta e insanamente insatisfecha, falsa y narcisista, deshilachada en desvergüenzas, con los zapatos sucios de uranio, litio, mercurio y riquezas de papel pintado, por la que andamos con toda la moda puesta, enjoyados, pintarrajeados y veloces, metiéndole pata al acelerador, regalando el oro, las maderas preciosas, las castañas, el combustible para la calefacción y el aire acondicionado con que el Imperio sustenta sus sobrehipotecadas casitas de mierda, la goma, el agua, las drogas de buen y mal uso y las extensas praderas previamente peladas de selva que serán rellenadas con soja y protohamburguesas de cuatro patas.

La gallina de los huevos de oro yace espachurrada sobre la mesa de la glotonería neoliberal junto a la tapa de la caja de Pandora que conserva¿ba?, según la tradición, la esperanza arrebujada en el fondo… La modernidad tecnocrática tironeará y tironeará ¿hasta que la caja quede totalmente vacía?

domingo, 22 de noviembre de 2009

Alfombra de jacarandá

Hoy en el parque todos los jacarandás estaban florecidísimos. Era una sensación lila que te hacía flashes aún desde la vereda del otro lado de la avenida. Y como anoche llovió, todas las florecitas que cayeron formaron una alfombra alrededor de cada árbol, suave y lisa como de gasa y piqué también lila toda lila toda lila. Los ceibos de la barranca que baja a Paseo Colón también están florecidos. Con los dejos húmedos de la lluvia de anoche y el cielo nublado que no permite que el sol iguale los colores, los rojos y los verdes brillan con un montón de matices y los pétalos furibundos del ceibo salpican en derredor.
Los sin techo están sentados en los bancos con sus botellas, acomodando sus bártulos. Me pregunto, como lo hago siempre, cómo se acomodarán en las noches de lluvia. Las señoritas de la iglesia del séptimo día con sus vestidos monjilaicos y los señores también del séptimo día con sus sacos de publerino endomingado circulan al ataque agarrados a sus revistas y a la palabra de dios. Todos los mismos domingos siento las mismas ganas de pedirles que larguen a dios y se sienten a comer un asadito, a franelear con el señorito de saco encasquetado y que en vez de bajar el evangelio se suban un poco la pollerita y se pongan a bailar. Claro que siempre también pienso que la iglesia es el lugar donde hacen sociales y consiguen novio.
Terminó la vuelta por el parque y le digo a Héctor qué bella es la alfombra lila. Nunca la había visto. Héctor dice que todos los años es igual. Yo siempre he visto a los sin techo y a los predicadores de traje oscuro, pero nunca me había dado cuenta de que había una alfombra tan bella alrededor de los jacarandás. Será que es más linda por la lluvia o a lo mejor recién ahora a mis sesenta dos estoy aprendiendo a ver los colores claros de la vida.

Qué cosa, ¿no?