viernes, 1 de mayo de 2009

No desmontarás

Maldita soja

El tapeteo del trotar de los tapires, el bisbiseo de los picaflores, el trino de un pájaro afincado en las copas emergentes, el roce de las hojas, el silencioso masticar de las orugas, la fina cinta dibujada por el andar de la serpiente o el crujir de la madera húmeda invadida por las termitas y el brillo acechante y hambriento en los ojos del tigre eran los ruidos y las luces a que la tribu estaría acostumbrada, una tribu metafórica, evanescida en el tiempo y el espacio similar a la que el escritor Miguel Esquirol imagina en el momento exacto en que escucharon por primera vez el fragor atronador de árboles que caían, como si una tormenta llegara de golpe a la selva. “Que caiga un árbol no es nada extraño, puede ser por una tormenta o por que está podrido y su hora le ha llegado, incluso nosotros tenemos que cortar algún árbol para construir barcas” pensaron. El primero que encontraron era tan grueso que ni los diez hombres más grandes de la tribu podrían rodearlo. Ni el más terrible incendio del verano podría haber hecho mella en él. Finalmente, petrificados por el horror, en medio de una tierra yerma y chamuscada vieron al monstruo poderoso capaz de semejante estropicio. Con el pecho encogido de pena y asco, la desesperación pintada en cada uno de sus gestos, volvieron para contar a su gente lo que habían visto. Las rodillas se entrechocaban mientras corrían, aun cubierto el rostro por el sudor del miedo. En medio de la selva y lejos del peligro se sentían como si nunca más pudieran volver a ser felices. “Si algún día aquellos monstruos vienen hacia nosotros no tenemos nada que hacer. Nos tendremos que convertir en fantasmas. Ya somos fantasmas” prefiguran los andantes del bosque de Miguel Esquirol.
Un árbol caído se transforma en barca, demasiados, en inundación o desierto o seria preocupación por el futuro de la vida en el planeta.


Por qué, por qué, por qué

Hay causas naturales que tienen que ver con el aumento de las lluvias en Tartagal en esta época del año, acepta Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace – que aportó amplia información para esta nota - antes de pasar a explicar cómo el aparente caos en que se despatarra la caprichosa Naturaleza tiene reglas de armonía: la vegetación del bosque, las hojas, las ramas, el propio árbol, entretienen el chorreo del agua de lluvia de manera que no llegue con tanta velocidad a los suelos, hacen las veces de esponja que la retiene y las propias raíces de los árboles la conducen mansamente hacia las napas bajo tierra, de manera que, si la vegetación desaparece, la erosión de esos suelos, que son básicamente arenosos y con una pendiente importante, es muy grande. Como lo señalamos en el 2006, continúa Giardini, cuando fue la anterior inundación, y también consta en informes de la Universidad de Salta y de la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación, si bien hay causas naturales, la deforestación provocada por la tala maderera y por las picadas petroleras que se hacen en la cuenca alta del río Tartagal incide de manera muy importante para que sucedan este tipo de cosas en la región, a la que se agrega el desmonte en la cuenca media para la ganadería y para los cítricos; la foresta de la cuenca baja fue haciendo lugar al cultivo de la soja … y la región está colapsada. Hace muchos años el río era apenas una fina línea esmaltada de reflejos en medio de la vegetación y hoy es una corriente caudalosa que genera procesos de remoción de los suelos y las condiciones para que tantos árboles se hayan caído. En realidad una conjunción de factores coincidieron – en ese enhebrar casualidades que mueve el universo – para provocar el desastre de Tartagal de que estamos hablando: la eclosión del suelo erosionado que había perdido la fuerza necesaria para retener esos pobres árboles y debió dejarlos huérfanos a merced de la riada; troncos ya trabajados, talados y amontonados por las compañías madereras legales o no, que se dedican especialmente a la extracción del cedro en zonas altas de la cuenca del río; las picadas taladas por las petroleras que hacen camino al agua para que baje más rápido; los desmontes en la cuenca baja incorporada últimamente al cultivo de la soja, que producen una erosión retrocedente que ensancha el cauce del río hacia atrás. En este caso particular la cantidad de troncos y postes formó un dique natural que pudo tumbar el puente ferroviario y permitir tal entrada del agua a la ciudad. El agua sola no habría podido hacerlo. Como apuntó en algún momento el físico Pablo Canziani “la gente tiene que entender que el cambio climático es algo natural y tiene que ver con la evolución de la Tierra. Pero el problema es que la vida del hombre, sobre todo a partir de la segunda guerra mundial, está en colisión con el sostenimiento del planeta. Este choque está haciendo que el ser humano genere cambios que la naturaleza no soporta. El problema no es el cambio sino la velocidad del mismo".


¿Todo bajo control?

El año pasado en todo el Chaco había una sequía terrible. La mitad de la provincia estaba seca, pero, en medio de ese cielo sin lluvia, el Impenetrable estaba inundado. Los desmontes en Salta, en la zona de Tartagal, hicieron que el río Bermejito, que entra hacia El Impenetrable, viniera con una crecida impresionante y anegara toda la zona. Las comunidades indígenas estaban totalmente aisladas y con agua hasta la cintura. La política forestal de una provincia influye mucho más allá de sus fronteras políticas.
En 2003 la Universidad del Litoral y la CEPAL publicaron un informe en que vinculaban parte del problema – no todo – a las talas que había sufrido la provincia en el norte. Estas situaciones se pueden repetir en Formosa, en el Chaco, en el norte de Córdoba, en todas las regiones que están siendo afectadas por una emergencia forestal que se lleva 300.000 hectáreas de bosque nativo por año, una manzana de monte cada dos minutos. Es decir que si no hay una política que trate de frenar la deforestación y de controlar las zonas que no estén cercanas a las cuencas, situaciones similares se pueden vivir en cualquier ciudad del centro y norte del país.
La deforestación - aclara Giardini, y por eso fue imprescindible la reglamentación de la ley de bosques - en gran medida está alentada por los gobiernos provinciales. No es ilegal y son los propios gobiernos los que dan permisos a grandes empresas nacionales y a algunas extranjeras para deforestar. Cordobeses, rosarinos y porteños se van al Chaco o a Salta y compran grandes fincas, lotes fiscales o privados muchas veces habitados, que van pasando por dueños que nunca han visitado esos campos. Dentro hay comunidades indígenas que históricamente las han habitado o comunidades campesinas que ahí viven y trabajan hace doscientos o trescientos años, hijos de hijos de hijos de colonos o antiguos peones de grandes fincas que se fueron subdividiendo. Aparece de pronto el empresario que las ha comprado y los desaloja, a veces con para policiales o con adicionales de la propia policía provincial o incluso con topadoras hambrientas de hacer puré con sus ranchos. Estas familias literalmente desterradas terminan viviendo en los círculos conurbanos de las grandes ciudades con las oportunidades que nunca les llegan porque es difícil pasar de una cultura rural que asegura el sustento diario a una vida de ciudad con cánones de subsistencia y de relaciones humanas que hay que aprender. Sus muy probables desilusiones quedan expuestas al paco, la birra y la prostitución a toda edad, siguientes vértices de este eje del mal que destripa negligentemente comunidades minerales, vegetales, animales y humanas, en lo material y en lo espiritual. Este éxodo rural que se está viviendo, hace diez años, de una manera intensiva se debe en gran medida al avance de la frontera agrícola, motorizada por la soja, por la ganadería y por los gobiernos provinciales que autorizan los desmontes, pero, fundamentalmente, porque las tierras son baratas. Una tierra en Pergamino vale diez mil dólares la hectárea, mientras que en el chaco salteño se puede comprar por solo doscientos. Donde el suelo no da para soja, se dedica a ganadería de bajomonte que también está generando un impacto importante.


Qué perdés cuando perdés.

Cuando el amigo bosque se va, se lleva encanutada, en principio, la biodiversidad porque los bosques conservan el cincuenta por ciento de la biodiversidad del planeta; deja a cambio inundaciones, cambio climático - el veinte por ciento de las emisiones globales nocivas se deben a la deforestación y obviamente los países como el nuestro contribuyen más por la desaparición del bosque que por la producción industrial - y, directa o indirectamente, como ya lo hemos visto más arriba en esta nota, el desalojo de las comunidades campesinas e indígenas que está ocurriendo. Más allá de que los pequeños productores metan sus vacas, ovejitas y cabras, lo importante es ver la diferencia entre tala y desmonte. La tala se hace con motosierra, se busca la madera, el árbol que se quiere talar, mientras que el desmonte se hace con topadora y no queda nada… Nada… Nada a partir de lo cual se pueda encontrar una simiente para recuperar el bosque. El proceso de destrucción de la tala no controlada necesita treinta o cuarenta años para la recuperación. Un desmonte no necesariamente se puede recuperar con reforestación porque un bosque es más que los árboles, es el sotobosque, es los árboles bajos que estaban creciendo, es un conglomerado de vidas vegetales y animales que conjugan un ecosistema interdependiente.
Además de ser trasgénicamente fortachona para que la fumigación con glifosato mate toda la maleza que la rodea pero a ella la mantenga incólume, la soja es básicamente tragona, necesita muchos nutrientes de manera que, al cabo de varias cosechas, la tierra que la amamanta queda seca como un pecho gastado. Las grandes corporaciones recomiendan a los productores que roten los cultivos, pero con la soja embolsan, digamos algo actual… 300 dólares por tonelada y con el tomate ganarían unos raquíticos 100 pesos. No way, Monsanto. Cuando la tierra se agote, desmontarán otras, condenadas al glifosato. Atrás quedará ese suelo recontrausado, empobrecido, desertificado que ofrecerán buenamente a alguna comunidad aborigen protestona a cambio de lo que le robó el avance de los ambiciosos de la historia.
Está claro que la producción sustentable es una decisión política. Una agricultura que no hipoteque el futuro del planeta debe ser diversificada y apuntar a una economía familiar. En cuanto haya monocultivo y producción a gran escala es muy probable que surjan serios problemas ambientales y desigualdades sociales cada vez mayores, concentración de la tierra, desalojo de las comunidades campesinas e indígenas que son las que realmente hacen una agricultura sustentable que no es a la que se está apuntando ni desde el mercado ni desde las políticas de muchas provincias.
Cómo lo llevamos adelante y cómo se puede cambiar: con leyes que se apliquen claramente. La ley de bosques es un principio de solución. Si se aplica a las provincias, ellas pueden dedicar una parte de la tierra a la deforestación, otra parte a la tala controlada y otra a bosques que no se deban tocar.
Se ama lo que se conoce o lo que se intuye como pasible de provocar o merecer nuestro amor; así amamos la sequedad o la humedad de los bosques los que percibimos la belleza y la vida que late en sus entrañas. De la misma manera, los que no conocen otra cosa que el dinero sólo serán capaces de tener ese único objeto de amor.
Publicado en Hecho en Buenos Aires.

1 comentario:

Anónimo dijo...

que sos poeta la concha de tu madre. pelotudo.