viernes, 14 de noviembre de 2008

PUERTO RICO: la última colonia

Paradojas de las grandes democracias.

Es mediodía de enero en el Caribe. El sol no cae tan a plomo porque es invierno, única estación del año en que se puede visitar las tierras bajas del trópico sin odiarlas porque las mañanas y las tardecitas son frescas y dan un respiro a la opresión del calor, que se agrava, especialmente en Puerto Rico, por las vahadas calientes que exhalan los aires acondicionados y los escapes de los dos o tres o cuatro autos que sostiene una familia tipo en ese orgiástico desperdicio de energía en el que se solaza el Norte Imperial.
Vuelvo de la playa caminando por veredas a veces anchas a veces muy angostas, descaradamente soleadas y arrasadas de luz. En cada regreso me paro a decidir si cruzo la autovía que me separa de mi casa por el largo puente peatonal y tomo el camino de Villa Palmera o si sigo por la McLeary avenue, costeando los hotelitos coquetos donde se albergan los gringos que huyen del frío de Michigan y subo por la engolada avenida San Jorge, saludando a los morenos que vigilan las verjas automáticas de los altos condominios y ya reconocen mi sombrero a lo gringa loca, mis zapatillas sucias de arena y mi andar que no entona con la formalidad del barrio. Villa Palmera... McLeary avenue... No es casual mi dilema, sino más bien una ventana abierta al alma puertorriqueña, bombón de corazón afrolatino recubierta en gruesa capa de chocolate anglosajón desde que la isla fue invadida por los Estados Unidos de Norteamérica en 1898, diz que indignados/ofuscados por la explosión del Maine.
De todas maneras caminaré sola y no me chocaré con nadie que vaya apurado calle abajo. Nadie camina en Puerto Rico más que hasta la puerta del auto, como no sea por el puro deporte de pasear al perro a la orilla del mar. ¿Exageración? Sí, claro. Se exceptúa el aguatero moderno que, como en todas la playas del mundo, entona su “¡água-cervéza-guéitorei”! mientras remonta la arena con su pesada caja frigorífica, el morocho vendedor de pastelitos de jueyes – un cangrejo con destino inexcusable de relleno fritado- y ensaladas de mariscos que, con todo su negror embutido en blanquísimo y contrastante uniforme de cocinero, va y viene bajo el sol desplazando su estampa de remedos coloniales y aquel que tiene que viajar en guagua porque su status económico no le permite tener un carro - siquiera viejo, sin aire y sin equipo de audio - para cada miembro de la familia. Desde cualquier tapial un lagartijo me mira fijo. Es pequeño y delicado y no puedo resistir la constante tentación de acercarme y estirar un dedo para tocarlo, sabiendo de antemano que saltará como un resorte frágil una y otra vez hasta que, hastiado del juego, desaparecerá en alguna mata de las que pueblan esas veredas que nadie pisa.
Así es esta tierra que los indígenas taínos llamaban Borikén, porque abundaban los burukenas, cangrejos de río cuyo recuerdo persiste hoy en los diversos adjetivos y sustantivos que apelan al nacionalismo boricua y porque cuando se alejaban de la costa en sus embarcaciones – que llamaban piraguas en lengua taína- le veían también un cierto perfil de cangrejo.

Conozco al monstruo…

Iniciado el proceso de expansión capitalista del siglo XIX que llevó a varios países europeos a instalarse en África y el sudeste asiático, Estados Unidos puso sus ojos en el Caribe y, tal como ya lo habían querido los presidentes John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses Grant, hizo varios intentos de comprar territorios a la decadente España que hacía esfuerzos y concesiones para mantener sus últimas colonias. En ese marco un acorazado de la marina estadounidense, el Maine, entró muy ostentoso en la bahía de La Habana, un 25 de enero de 1898 sin los avisos previos que mandaba la cortesía diplomática y con el propósito de salvaguardar la vida de los habitantes estadounidenses en Cuba, tal vez amenazada por las inquietudes revolucionarias propias de la época. La noche del 15 de febrero de 1898 voló por el aire y todavía hoy se discute la causa de la explosión, aunque queden pocas dudas de que fue el pretexto que Estados Unidos necesitaba para acusar del estropicio a alguna mano isleña, española o insurrecta, atacar a Cuba e iniciar la guerra que ellos, en su idioma, llaman hispanoamericana. Y la prensa amarilla comandada por William Randolph Hearst, que ya era un verdadero Hearst, se ocupó de convencer a la opinión pública norteamericana de que era necesario intervenir en esas tierras de economías monopólicas, gentes analfabetas y señorones corruptos a fin de orientarlos hacia la vida democrática. La guerra no duró mucho tiempo: la armada estadounidense destruyó una flota española en Manila y otra en la batalla de Santiago de Cuba. Puerto Rico fue dominado en tres semanas y en octubre se firmó el tratado de París por el cual España acordó con Estados Unidos la futura independencia de Cuba y le cedió Puerto Rico, la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas y las Filipinas.
Tan preparada y pensada estaba la invasión a Puerto Rico que, según lo cuenta Samuel Silva Gotay en su libro Protestantismo y política en Puerto Rico 1898-1930, ya un mes antes del desembarco en la isla la Junta de Misiones Extranjeras de la Iglesia Presbiteriana llamó a una reunión con las otras iglesias protestantes ante “la necesidad de un entendimiento franco y mutuo (…) con respecto a la distribución más efectiva del trabajo de las diversas juntas misioneras (…)”, acordar sus zonas de influencia y repartirse la isla, mapa en mano.
(Mapa)
El general John Brooke llegó como gobernador militar para hacerse cargo del control político y administrativo, poner énfasis en la educación pública, que se impartiría en inglés, nuevo idioma oficial de la isla, y abrir el camino a la democracia y al progreso que implicaba atraer a los hijos de las rancias familias dirigentes a las escuelas religiosas, fundar la universidad de Puerto Rico, reverdecer el peso español reemplazándolo por el dólar americano, minar el tan católico hasta que la muerte los separe instaurando el divorcio, perseguir los juegos de azar y, con el tiempo, por qué no, llegados los años 20, prohibir las bebidas alcohólicas. La relativa autonomía que se le había arrancado a España en larga lucha guiada por líderes de la unidad antillana como José Martí, Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances – el médico de los pobres, Padre de la Patria en Puerto Rico - se fue a pique en medio de las ventiscas que ese año desató el huracán San Ciriaco.
Como explica el doctor José Milton Soltero Ramírez – casta de independentistas boricuas - durante la primera mitad del siglo XX Puerto Rico era un pueblo totalmente abandonado por los EEUU. Si bien la ley Jones de 1917 concedió la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, la isla había sido tomada como botín de guerra, pasó a ser un territorio en manos del Congreso de los Estados Unidos sin ser por ello parte de los Estados Unidos y fue convertida en una jaula de oro a cuyos pájaros no se les prestaba el menor interés. Pero con esta ciudadanía, otorgada en medio de la Primera Guerra Mundial se evitaba romper la historia de que ningún imperio llevaba a pelear a sus guerras a los miembros de una colonia. Mientras tanto se permitía al liderato puertorriqueño interno que se entretuviera hablando, conversando y creyendo que deliberaban en una cámara de delegados que no tenía ninguna repercusión ni injerencia en la realidad de la isla, ya que gobernador y altos funcionarios eran nombrados por el presidente de los Estados Unidos.
¿Y qué era, realmente, Puerto Rico en esa primera mitad del siglo XX? – sigue razonando el doctor Soltero, gorgoteando sus erres guturalmente caribeñas, que suenan como jotas enojadas – sino la base carbonera para suplirle sus barcos al Imperio y mantener ojo avizor sobre la construcción del canal de Panamá, comenzada en 1903 y lograda tras muchos esfuerzos intrigantes de los Estados Unidos para defenestrar a la compañía francesa que había iniciado el proyecto cuando el istmo era colombiano y para apoyar la independencia y formación de un Estado panameño que estuviera dispuesto a venderle un pedazo de país. Y no solo la entrada a Panamá es Puerto Rico sino a todo el Caribe, a más de constituirse en frontera marítima con Venezuela… – agrega Soltero.
La producción agraria, de corte latifundista, estaba manejada por cuatro grandes corporaciones dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, que remplazó al café - la South Porto Rico Sugar, la Fajardo Sugar Company, la United Porto Rico Sugar Co y la Central Aguirre– a la que se agregaba el tabaco y los frutos menores. Es el tiempo de la miseria y la explotación, de las huelgas y protestas por las condiciones de trabajo y los bajos sueldos, del lamento borincano del jibarito – el campesino puertorriqueño – que va a la ciudad alegre va cantando así, diciendo así por el camino y que regresa, parafraseando el romántico cantar de Rafael Hernández, frustrado y triste porque no ha logrado vender nada en el mercado. Es tiempo de muertes violentas y acciones desesperadas sobre las que campea la figura trágica de Pedro Albizu Campos, el gran luchador por la independencia de Puerto Rico, el radical nacionalista que nunca transigió con el statu quo, que pasó muchos años de su vida en la cárcel donde, como forma de maltrato, fue expuesto a pruebas con emisiones radiactivas que quemaron su piel aunque no su alma, pero minaron miserablemente su salud.

La Segunda Guerra todo lo cambió

Nada de lo que pasa en Puerto Rico está descuadrado del tablero mundial de manera que los países que organizaron las Naciones Unidas le recordaron a Estados Unidos que era uno de los países que tenía una colonia que debía descolonizar. Más o menos paralelamente se asentaba en la isla la figura de Luis Muñoz Marín- cuyo nombre corona hoy la entrada del aeropuerto internacional - que trasegaba los caminos todavía tortuosos para hablar de yo a tú con el campesino simple bregando por la reforma agraria, las cooperativas agrícolas, la organización sindical, la promoción de las industrias y la necesaria infraestructura para que tales propuestas fueran posibles. Casualmente- o quizá no - los comienzos de la guerra fría provocaron los mismos pensamientos en la dirigencia estadounidense... Para hablar de este periodo me quito el sombrero playero, subo a la guagua, tiro una peseta (25 centavos de dólar) en el canastito y pregunto dónde tengo que bajarme. Con parsimonia colonial, cadencia caribeña y compromiso irrenunciable con mi itinerario todos los pasajeros opinan, aún el payador que, sentado en el asiento lateral de adelante, combina décimas de humor local con loas al amor de Jesús deja su guitarra para adjuntar su parecer y si además debería protegerme del sol con esa piel tan blanca y ahh la hija del cuñado de mi hermana se fue pa’Argentina mientras alguien se suma a la bullanga repiqueteando ritmos de bomba en el respaldo de algún asiento. Si quisiera podría plantear los temas que me ocupan en ese foro popular que rueda sobre la avenida Ponce de León y es seguro que llegaría a destino tan entretenida como informada. Pero voy en busca de un nuevo interlocutor.
En Río Piedras, en los confines del área metropolitana, un ambiente relajado de residencias de estudiantes y tertulias académicas rodea los húmedos jardines y los buildings modernistas de la Universidad de Puerto Rico, la UPR, la iu-pi-ar – para ir adentrándonos en la rara mixtura del bilingüismo isleño – la iupi como la llaman familiarmente los que la frecuentan. Allí la posmodernidad sin quererlo se solaza en el estudio de la identidad puertorriqueña, de su pasado hispano, de sus raíces africanas y sus resabios indígenas, anyway, cuídate, te llamo pa’trás (call you back). En la librería más sofisticada de la isla, su dueño, Alfredo Torres, descree del futuro de la lucha identitaria. La realidad es hoy y la preocupación es una economía sujeta a intereses extraisleños. Muñoz Marín consiguió para los ciudadanos de Puerto Rico el derecho a elegir sus propias autoridades, a tener su constitución y su delegado residente en el Congreso de los Estados Unidos, con voz pero sin voto así como la nueva condición político administrativa de estado libre y asociado que sigue siendo una figura colonial para Alfredo Torres. En 1952 el presidente Truman lanzó un programa de cuatro puntos cuya intención era fortalecer las áreas periféricas de los Estados Unidos que pudieran ofrecer resistencia a la Unión Soviética. En ese marco se le concedió a Puerto Rico mayor autonomía y empezaron a hacerse transferencias importantes de dinero para desarrollar hospitales, construir carreteras, fundar escuelas y una economía que era agraria se transformó en un proceso que caminó tan rápido que lo que a otros países les ha costado cien años, en Puerto Rico se hizo en cuarenta- suspira Torres- con las lógicas anomalías que ello implica. Acompañando este impulso al desarrollo económico llegaron las bases de la Marina para establecerse básicamente en la isla de Vieques y en Ceiba, al este de Puerto Rico. Allí se construyó Roosevelt Roads, que los americanos, con esa afectividad que los caracteriza, llamaron cariñosamente Roosey. En sus túneles resguardados por la protección natural de esa parte de la costa, los submarinos y aviones que patrullaron la guerra fría entraban o aterrizaban, le sacudían el polvo a los misiles con que custodiaban la paz en el mundo y se largaban otra vez al agua o al aire con tripulación descansada. Si había que volar algo en el mundo, eso era Puerto Rico – comenta el doctor Soltero con pasmosa imperturbabilidad retroactiva. La peligrosidad que implicaban los ejercicios militares en Vieques para la vida cotidiana y la salud de la población civil, motivaron protestas y acciones de desobediencia civil que lograron la erradicación de las bases a partir de 2003.
El paso de la economía agraria a una economía industrial la encaró Muñoz Marín con la operación que se llamó manos a la obra. Se instalaron fábricas que aprovecharon la materia prima local para producir botellas de vidrio para envasar ron, zapatos, ropa, cerámicos, una transformación radical que no contó con un plan de desarrollo integral autónomo, dependiendo siempre de la legislación de Estados Unidos o de necesidades coyunturales que empujaban proyectos de corto plazo. Durante los años sesenta y los setenta se desarrolló la refinación de petróleo en el área azul de Ponce a Cabo Rojo, pero cuando la legislación se acabó los inversionistas remontaron vuelo dejando como recuerdo un cementerio industrial. Lo mismo ocurre con las actuales industrias electrónicas y farmacéuticas consecuencia de una legislación de Estados Unidos que liberaba de impuestos a inversores que se establecieran en Puerto Rico. Tenían obligación, eso sí, de que el dinero circulara localmente en la banca, en hipotecas, con salarios reales. Sin embargo esa legislación también se eliminó y eso provocará una debacle en la región. Muchas plantas han cerrado para correr a instalarse en México o en Dominicana donde la mano de obra es mucho más barata. Y nadie pensó un sustituto para la economía de Puerto Rico. La agricultura es débil, lo que en una isla es serio porque se depende de importar alimentos. Entonces comienza a haber subsidios en alimentación, en casa, en cupones, por lo que, para la gente pasa a ser mejor no trabajar que trabajar o hacerlo en una economía informal – pone punto final Alfredo Torres.
En términos políticos, desde 1952 el Partido Popular Democrático propone mantener la condición de estado libre y asociado sacándole pequeña ventaja al Partido Nuevo Progresista que, un poco más a la derecha, propugna la estatidad definitiva de manera que Puerto Rico pase a ser la estrella número cincuenta y uno de la bandera de Estados Unidos. El Partido Independentista, que alcanza apenas un cinco por ciento en las elecciones generales, brega por lograr para Puerto Rico lo que nunca pudo ser en la memoria de la historia escrita: un país independiente. Hmm. Diferentes miradas calibran la calidad estratégica del status de la isla. Decía el Che Guevara cuando representó a Cuba en Punta del Este que Puerto Rico era el fiel de la balanza, que en Puerto Rico se decidía la justicia y la injusticia, que en Puerto Rico se decidía la libertad o no libertad de América Latina.
Ya anochece cuando regreso de Río Piedras. No lo noto por la oscuridad que baja sino por el canto de los coquí - cóoquíí, cóoquííí – los sapitos mascota que identifican a la isla, el souvenir irrenunciable que puebla toda valija que va de salida en versión muñequito de felpa, sonriendo en un jarrito o en colgante de plata. Un gallo chiquito, colorado y morrudo camina con andar amenazante por detrás de una verja. Quiere pelea, porque en esta tierra borincana los reñideros no están prohibidos. En el Condado, el distrito metropolitano de los grandes hoteles, los autos avanzan en larga caravana por la avenida Ashford, y los turistas buscan un lugar donde cenar. En el casco capitalino del viejo San Juan los enormes cruceros vomitan gringos sonrosados con camisas coloridas, como siempre.
Eso eh así se dice en boricua para concluir, como lo dijo Raúl Juliá y seguramente lo dirán José Feliciano, Ricki Martín o Jennifer López… cuando hablan castellano.



Publicado en Hecho en Buenos Aires.

viernes, 11 de julio de 2008

RAÍZ AMAZÓNICA

PUEBLOS OCULTOS EN LA SELVA
¿Derecho a vivir la propia Amazonía?

Hay varias maneras de entender la selva. Tal vez la mirada más espontánea que explica la singular sensación de atracción por la vida que vibra, al mismo tiempo que prevención, o aun temor, por esa bruma verde inextricable, sea la de un tierno personaje novelado por la escritora colombiana Laura Restrepo, a quien ella dio el nombre de Sacramento y empujó a la selva a fantasear hombrías y futuros. “No voy a aprender nunca –decía descorazonado– aquí nada es lo que parece y todo adquiere el don de transformarse en su contrario. Lo único seguro es la angurria con que te mira la selva; te descuidas un instante y eres hombre masticado”. “Sacramento arrancaba una hoja y le resultaba insecto, iba a agarrar un palo y era culebra, oía silbar bellamente a un pájaro y le resultaba culebra también”.
Sí. El habitante de los confines no deja de estar atento, afilando las uñas y el machete, decidiendo qué deja avanzar y qué no, manteniendo a raya, día a día, la voracidad de la selva. El verde lujuriante acecha, coqueteando, en cualquier hueco del amplio claro abierto por el hombre, haciendo guiños de que está listo para abalanzarse más allá de cualquier borde que lo limite, con una ramita, una raíz engañosa, un sapo enamorado, el exhibicionismo indecoroso de una mariposa, una culebra que sortea calladamente un charco, el suspiro de un guacamayo. Claro, hablamos del habitante forastero, el que llegó extranjero y la vive con ojos de lucro o de voyerismo turístico. Muy otra es la mirada del poblador originario, pero el espíritu de la selva es difícil de aprehender y tal vez esté en vías de ser destruido antes de que se lo pueda conocer.

La historia
Cuando Francisco de Orellana, en 1541, se aventuró río abajo por el Amazonas, vio una población numerosa, parecería que mucho más numerosa que la que puebla hoy esta selva tropical de seis millones de kilómetros cuadrados, la más extensa del planeta, de los cuales más de la mitad se encuentran en Brasil mientras que el resto lo comparten Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Guayana Francesa. Se extiende desde el Macizo de las Guayanas al norte hasta el macizo Brasileño al sur y ocupa todo el ancho del continente que va desde las faldas orientales de los Andes a la costa atlántica. El río Amazonas, recogiendo todas las aguas que bajan de la Cordillera y de los macizos, se deja ir por la levísima pendiente que desciende hacia el Atlántico, inundand0 por aquí, rodeando por allá la “tierra firme” – pequeñas elevaciones de no más de 350 metros – y abandonando acullá barrosos sedimentos que van modelando la llanura aluvional. El guazú es la parte de la selva que se mantiene como una llanura habitable durante todo el año, pero en la época de las lluvias, la así llamada varzea se inunda y hay que esperar la estación seca para poder caminarla mientras que el igapó está bajo el agua permanentemente. Tanto calor – poco más, poco menos de 26º - y tanta humedad – llueve hasta unos 2500 milímetros anuales - esplenden en ese bosque exuberante y siempre verde en el que se diferencian más de 60.000 especies de árboles que pueden subir a 100 metros de altura y toda clase de bichos que reptan, que pican, que vuelan, o que son capaces de vivir en el agua y tomar la teta con los mismos genes.
Es posible que en épocas prehispánicas existieran caminos, hoy desaparecidos, que conectaran diversos puntos del mundo andino con las civilizaciones de la foresta húmeda.
En realidad, bastante antes de que los españoles llegaran con su versión renacentista del hoy meneado y monárquico porquénotecallas, ya el Inca Pachacuti y su hijo Tupac Inca Yupanqui intentaron avanzar hacia el este, pero las tierras húmedas no se dejaron conquistar. Aunque los Incas llegaron hasta Carabaya donde extraían oro y tenían sus cocales, los hombres de la selva eran aguerridos y poco domables, escurridizos y no dados a la dependencia de manera que no pudieron apoderarse de los territorios más bajos ni someter a las poblaciones, pero establecieron relaciones de tributación y, a cambio de telas, hachas y cuchillos de metal recibían animales exóticos como monos, loros, guacamayos, serpientes, caimanes, anacondas y productos con lo que hoy llamaríamos cierto valor agregado como plumas, pieles, grasa de manatí, aceite de tortuga, polvos de pezuña de tapir, pescado seco, cera, miel, madera, resinas, cacao, mandioca, maní, plantas de uso medicinal y tinturas. Los españoles que llegaron en las primeras décadas del siglo XVI tuvieron aún menos fortuna: Pedro de Candia y Pedro Anzures, Alvarez Maldonado, Manuel de Escobar desde el Perú, Gómez de Tordoya desde lo que hoy es Bolivia, gentes que probablemente, antes de cruzar el océano no hubieran visto más que las mesetas de Castilla o los prados del país vasco, descendieron los ríos, chapotearon los barros, miraron con asombro los parásitos que se les criaban bajo la piel, negociaron con los aborígenes en aras de encontrar los fabulosos tesoros del Paititi que los convertirían en ricos peruleros, pero solo encontraron las flechas de Tarano, jefe de la Nación Toromona – una etnia hoy desaparecida o que quizá, según la leyenda, viva en aislamiento en zonas no contactadas (por nosotros, los blancos, claro) – símbolo mítico de la resistencia al invasor. En general, solo la mitad de ellos volvía, frustrados y maltrechos, flacos y harapientos, tal vez afiebrados o enloquecidos, dando al traste con los dineros públicos y privados, verdaderas inversiones de riesgo que financiaban tales atrevidas excursiones. Y durante los siguientes trescientos años la selva quedó alelada y lejana, rumiándose a sí misma.
Aunque para el incario era más importante el cobre con el que fabricaban armas, el brillo del oro, destinado a la frivolidad y la ostentación de poder, es lo que los profanos de la historia recordamos, lo que iluminó la codicia del hombre blanco y se constituyó en una de las modas económicas que trasegaron la selva con la especial angurria y el tradicional desparpajo que imprimió la revolución industrial al siglo XIX. A partir de 1930, cuando la Gran depresión, su precio pegó una estampida y desde las misiones de los dominicos hasta grandes compañías internacionales obtuvieron concesiones para su extracción. En el proceso artesanal, el material obtenido en el lecho del río o en un barro cercano, se mezcla con mercurio en el que se disuelve el oro. La mezcla, una vez escurrida el agua, se calienta hasta que el mercurio se evapora. El mercurio, poco a poco, va contaminando el agua y quedándose también en la grasita del sistema nervioso, alterando su estructura y su funcionamiento. Es mejor cambiar de rubro y dedicarse a otra cosa, como vender cerveza a los buscadores antes de que una línea negra ensombrezca las encías, porque ya será demasiado tarde. Buscar oro es el ejercicio de una aventura teñida con las reacciones peligrosas que provocan la ambición y el egoísmo y padece la desatención a las condiciones de trabajo, la lejanía de los centros donde las leyes velan por el más débil, maltrato, tráfico de mujeres, desaparición de menores, abuso sexual, la prostitución ejercida en combinación con el patrón como otra manera de aumentar el endeudamiento del trabajador.
Otro tipo de oro marcó la selva con el estigma de la riqueza fabulosa a fines del siglo XIX y principios del XX cuando Charles Goodyear encontró la manera de vulcanizar el caucho, es decir, procesarlo para que no se pegoteara con el calor y no se resquebrajara con el frío. Para talar la Castilla ulei o agujerear la Hevea Brasiliensis en la estación de las lluvias y extraer la goma había que tener ciertas agallas. No era la primera vez que la riqueza estaba en tierras de otros de manera que, aprovechando la facilidad de que los pueblos indígenas no conocían nuestra forma de escritura y por lo tanto – valga la redundancia – no escrituraban, se organizaron correrías en las que se los perseguía para expulsarlos de las tierras donde estaba el caucho, se atrapaba, sometía, vendía y/o esclavizaba a los que sobrevivían, solucionando de paso el problema de conseguir mano de obra “muy económica”. Aquellos que lograban escapar a la masacre o que, por previsores, se internaban hacia las cabeceras de los ríos, a zonas de difícil acceso, se mantenían alejados de la fatalidad, pero creaban desequilibrios al irrumpir en el espacio de otras tribus provocando los conflictos lógicos de cambiar el mapa de población de los territorios que siempre habían habitado.

El caso de los metyktire y el aislamiento voluntario
Garimpeiros – buscadores de oro - y madereros ilegales continúan las correrías de los caucheros en pleno siglo XXI. En mayo de este mismo año indígenas de la etnia metyktire que habían elegido continuar viviendo como sus antepasados lo habían venido haciendo durante cientos o miles de años -en lo que los antropólogos llaman aislamiento voluntario- y nada se sabía de ellos desde 1950, debieron trotar varios días, con el corazón en la boca, para escapar de las balas de madereros y acercarse a una aldea de antiguos hermanos que habían preferido contactarse (sin tomarnos el atrevimiento de decir que habían elegido la vida civilizada) para pedir ayuda. Podrían haber sido exterminados sin que el mundo se enterara. El encuentro de las dos ramas de una misma tribu fue emocionante, especialmente para los jóvenes de la aldea que, extrañados, recuperaban formas antiguas de su idioma, danzas y canciones que habían escuchado a sus abuelos.
Hay una cantidad de poblaciones nativas que han decidido mantenerse alejadas de nuestra civilización ya sea que, voluntariamente, rechazan cualquier tipo de relación con el afuera de sus vidas o que tengan contactos iniciales por motivaciones propias de su cultura o por presiones externas. Es, por el momento, su proyecto de vida y las organizaciones internacionales de derechos humanos se han hecho cargo de darle entidad a este concepto y promover la conciencia sobre sus derechos en los estados que los albergan y en el ciudadano común.
Es interesante hacer notar que la denominación pueblos en aislamiento voluntario remplaza actualmente la de pueblos no contactados, poniendo así especial énfasis en que ya no se trata de gentes en proceso de integración sino de reconocer su derecho a continuar su forma de vida. Sus tribus se mueven por un amplio territorio que no tendrá, obviamente, la anchura que sus antepasados recorrieron durante siglos, pero les provee un ambiente de abundancia, de caza, pesca, frutas y maderas, recursos de flora y fauna que sus prácticas culturales y su baja demografía permiten que sean renovables así como la horticultura de roza y quema que practican. Custodian posibles reservas de otros recursos no renovables - gas, petróleo, minerales - sin saberlo o, al menos, sin que les importe, más que por el peligro que entrañan como polo de ambición del capital vampiro que se bebe la sangre del planeta en aras del consumo.

Aunque pueden mantener algún contacto con la sociedad nacional, viven alejados de las poblaciones y escapan al acercamiento, evitando gripes, sarampiones y hepatitis, enfermedades infectocontagiosas contra las que su sistema inmunológico no los protege, que pueden contraer no más probándose la chancleta que un antropólogo distraído abandonó entre las raíces de un ficus y que acabará con sus vidas irremediablemente.
Muchos otros peligros los acechan, conocidos o no por ellos: la ambición mercantilista del siglo XXI, potenciada por la escala humana, la explosión tecnológica y las necesidades consecuentes implican un peligro devastador que no tenían las entradas de Pedro Anzúrez o Gómez de Tordota; la tala del bosque destruye el habitat donde se nutren; las obras públicas arrastran impactos indirectos al crear nuevas poblaciones, generar sucesivas obras de infraestructura y facilitar nuevos caminos a los cazadores, a los madereros ilegales y al narcotráfico, tal el caso de la carretera transamazónica y de las represas faraónicas que alteran abruptamente los delicados vaivenes de un ecosistema de armonía inestable donde dos pececitos desorientados por un cambio en la corriente pueden acabar con la pesca multisecular. Así también los cambios culturales inducidos por los misioneros evangelizadores que fuerzan el contacto, despreciando los arcos tensos y las flechas amenazantes de pueblos que siguen siendo guerreros para defender su territorio, su historia, su destino elegido y su privacidad, en caso de tener éxito, crean dependencias externas que aumentan la vulnerabilidad de estos grupos.
Los indígenas ven a las compañías hidrocarburíferas, a los mineros y leñadores como a “fantasmas de la muerte” por el legado tóxico que dejan en los ríos. Tan es así que, cuando en 1987, dos misioneros se acercaron a la comunidad tagaeri para convencerlos de que permitieran la entrada de una empresa extractora de petróleo, fueron muertos a flechazos y fue la última vez que se tuvo noticias de este grupo, que se internó nuevamente en el corazón de la selva desestimando su conexión con el mundo civilizado.
Pero aún hay otra instancia, más allá de su derecho a la existencia en acuerdo con su forma de vida, y es el derecho a un reconocimiento político y jurídico por parte de los Estados nacionales, a la propiedad colectiva de sus territorios, de sus recursos, de sus genes, de sus conocimientos culturales así como el acceso a la distribución equitativa de los beneficios que producen esos mismos conocimientos culturales sobre la conservación y el uso sustentable de la biodiversidad.
Lamentable y paradójicamente, es escasa o inexistente la información sobre sus vidas, su dinámica social y sus prácticas culturales porque su misma búsqueda vulneraría su derecho al aislamiento o hasta podría producir efectos catastróficos.

Sydney Possuelo
El adalid de esta lucha por la defensa de los derechos de los grupos indígenas a continuar su estilo de vida es el brasileño Sydney Possuelo, para quien, seguramente al igual que para usted que está leyendo esta nota, hubo un tiempo en que consideró la integración como lo mejor que podía hacer por los habitantes originarios de la selva. Era especialista en primeros contactos y en tiempos en que Brasil emprendió la conquista moderna de la selva fue llamado a intervenir en un conflicto con los Ararás, quienes no habían desaparecido como se creía hasta el momento, sino que atacaban a flechazos a los trabajadores que construían la carretera transamazónica. Possuelo propuso cambiar el avance a sangre y fuego por la atracción paciente de los pobladores primitivos a las bondades de la civilización. Y así lo hizo. Y se sacaron la foto.
En una conmovedora entrevista, el periodista Pablo Cingolani recuerda los siete pueblos indígenas desconocidos con los que Possuelo hizo contacto y le arranca confesiones acerca de la paradoja de esta historia. “Nuestro mundo es un encantamiento para ellos”, le dice Possuelo. “El contacto traía aparejado desestructuración grupal, necesidades artificiales –“si les das ropa, luego debes darles jabón para que la laven”-, descontrol personal, borrachera, prostitución, destrucción, porque lo peor de todo eran las epidemias que nosotros curamos a diario con una pastilla pero para las cuales los indios del corazón de la selva carecían de cualquier defensa inmunológica y morían sin remedio, solos, abandonados en la selva por sus hermanos”. “Desde 1987, yo pasé del contacto a la protección, es decir al no contacto, al derecho al aislamiento como la mejor manera de preservarlos. Si fuéramos más decentes, no habría pueblos aislados pero nuestra conducta los ha llevado a buscar protegerse de nosotros. Su aislamiento no es voluntario, es forzado por nosotros. No podemos ni debemos alterar eso”.
En Sudamérica existen pueblos indígenas en aislamiento voluntario en Brasil, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y tan cerca de nosotros como el Chaco Paraguayo. Pero ya dijimos que conocer el objeto de estudio conlleva su destrucción. Nos ocupamos de unos álguienes que no sabemos si todavía existen, tocarlos es evanescerlos. Ni el propio Informe sobre la situación de los pueblos indígenas aislados y la protección de sus conocimientos tradicionales preparado por el antropólogo ecuatoriano Alex Rivas Toledo para la Oficina Regional para América del Sur de la Unión Mundial para la Naturaleza provee cifras, si bien cita los nombres de los pueblos que se supone mantienen su integridad, nombres que, seguramente, para usted lector sean, más que nuevos, desconocidos. Los toromona, araona, ese ejja, nahua, mbya-yuki, ayoreode, pacahuara, yucararé, t’simanes, mosetene, chimane en Bolivia, los korubo, hi-merima, massaco, zo’e, pipiticua, awá, caru, araribóia, kampa, menkragnoti, machineri, jaminawa, maku-nadeb, akurio, jandiatuba, piriuititi, jamamedi, familias kayapó pu ró – a la que pertenecen los metyktire que caminaron cinco días huyendo de los madereros – tupi y waiapi-ianeana en Brasil, los jurí o arojes en la región del río Puré y los nukak-makú de la Amazonía colombiana, los tagaeri y los taromenane, quizá parte de la familia lingüística de los huaorani en la región amazónica ecuatoriana, los remo, kapanawa, iscobaquebu o isconahua y cacataibos del grupo lingüístico mayoruna y clanes de la familia yora o yaminahua como los nahua, murunahua, iconahua, mastanahua, chitonahua forman parte de los aproximadamente veinte o treinta grupos que habitan la región amazónica del Perú, junto a los grupos lingüísticos arawak, los huaorani también llamados abijira o záparo; en Venezuela existen clanes y familias aisladas de los yanomami, jodi, jodi-eñepa y sapé algunos de los cuales se movilizan en zonas transfronterizas con Brasil. Por último en el Chaco del Paraguay y zonas fronterizas con Bolivia varios grupos ayoreo no desean contactarse o han regresado voluntariamente al aislamiento corridos por la expansión ganadera y la misma extensión de los cultivos de soja que ocurre en Bolivia o por la extracción ilegal de la madera, el emplazamiento de plantas de extracción de hidrocarburos, las obras civiles vinculadas a proyectos de desarrollo o la presión de los grupos misioneros que, además de amenazar la continuidad de la vida de los grupos originarios trastocan su integridad cultural, tal como les sucede a todos los pueblos indígenas de la Amazonía.
Brasil es el país que lleva la delantera en legislación que los proteja, seguido por Perú que ha sancionada una ley de reconocimiento de la propiedad sobre los conocimientos culturales y por Colombia; pero hay que decir que la tendencia general es a una fragilidad legal, financiera y técnica que en algunos casos conlleva una cierta subordinación a políticas extractivas.
Podría citar encuentros con indígenas en aislamiento como el de los Metyktire o el avistamiento que realizaron funcionarios del gobierno peruano cuando sobrevolaban el río Las piedras en el Parque Nacional Alto Purús, el 18 de septiembre de este año a las doce y cuarto del mediodía: un grupo de 21 indígenas entre jóvenes, mujeres y niños salieron de sus chozas de hojas de palmera construidas sobre la playa para ver el paso de la avioneta. Una mujer, acompañada por un niño, apuntó con sus flechas a la avioneta con la intención de enfrentarla o alejarla. Luego el grupo se refugió en el monte ribereño. Pero pocos tienen como final los cantos y bailes de los Metyktire o fotos desde una avioneta que los muestran tan ingenuos y vulnerables escondiéndose en la espesura. Como dice el mismo Pablo Cingolani, “las anécdotas que puedo contar son todas aberrantes, tristísimas; historias de genocidio y muerte”.

He contado una larga historia, larga por los quinientos años que recorre, pero más aún por la intensidad siempre trágica de los hechos que he relatado. Si bien empieza en el siglo XVI, el hilo que la conduce es mucho más extenso, se interna hacia atrás en el tiempo y se ramifica hacia profundidades muy lejanas que ya no podemos conocer. Las vueltas del planeta nos ubican hoy en una realidad ambivalente y paradójica en la que el progreso y el bienestar se miran en el espejo del consumo al tiempo que los signa el desapego de la naturaleza, el desamor por el prójimo, más aún si es desconocido, y la indiferencia por su futuro y el nuestro. En contraste, deliramos por recorrer las antiguas aldehuelas de callejas empedradas, visitamos las reservas naturales, conocemos los pueblos que guardan el recuerdo de otros tiempos y otras sociedades y compramos cerámicas de aire vetusto, añorando con hipocresía la simplicidad del pasado y una comunión con la tierra que, en términos generales, no estamos dispuestos a ejercer.
Elina Malamud
Febrero de 2008
Fuentes:
“Indio brabo”, artículo de Rodolfo Salm publicado en Correio da Ciudadania, http://www.correiocidadania.com.br/content/view/434/57/;
“Sydney Possuelo, el último héroe del mundo real”, artículo de Pablo Cingolani publicado en Ecoportal, http://www.ecoportal.net/content/view/full/66364

“Informe sobre la situación de los pueblos indígenas aislados y la protección de sus conocimientos tradicionales”, preparado por Alex Rivas Toledo, Unión Mundial para la Naturaleza. Oficina Regional para América del Sur. UICN-SUR, abril de 2007.
Publicado en Hecho en Buenos Aires, enero de 2008